Texto de Pedro Senconac.
Muy común es ya el lugar que habla de la revolución «comiéndose a sus hijos». No es en vano su ubicuidad, porque es verídico. Son ya cuarenta y siete años desde que un culto de caníbales se apoderó del Estado de Nicaragua.
Pero de los caníbales no se puede esperar más que carnicería. No es un accidente de su naturaleza. Es la esencia de su ser. No se puede hacer con ellos más que reprimirles o, en casos extremos, eliminarles, por el bien social. Sería como intentar «reformar» o «rehabilitar» a un perro rabioso.
Es por eso que llamamos, más bien, a observar y fiscalizar a los habilitadores de los caníbales. Personas que, según han dicho y dicen todavía, son intelectuales. Son defensores de la democracia, de los derechos, de las libertades (tienen hasta un mártir); eso es lo que dicen.
La historia oficial dice que cometieron un error de juicio. Eso admiten los más honestos entre ellos. Los caníbales «los engañaron», «los utilizaron», nos relatan ahora. Ellos son tan víctimas como nosotros, la plebe, nos dicen. En el juicio ellos se quieren sentar a nuestro lado y consolarnos.
Entonces partían de la idea de que con Somoza no se podía negociar. Pero, ¿cuándo fue que realmente negociaron con Somoza con honestidad?, ¿cuando intentaron asesinarlo en 1954, en un complot ideado por la casta conservadora en contubernio con poderes extranjeros?; ¿o cuando se alzaron en armas en Olama y Mollejones en 1959?
¿O fue cuando sus francotiradores asesinaron al joven teniente Sixto Pineda Castellón el 22 de enero de 1967? De otras cosas, como un préstamo de cincuenta mil dólares a los caníbales de parte de un diario supuestamente victimizado sin razón, no nos enteraríamos sino hasta décadas después.
De modo que al decir que no se podía negociar con Somoza, lo que parecen hacer es proyección, dado que ellos mismos no podían sentarse a hablar sin un puñal escondido entre las telas y esto atrofia todo el razonamiento que llevó a la alianza con los caníbales.
En las agonías del somocismo había surgido un plan, con el visto bueno de Washington, bajo gestión de James Carter, para «democratizar» Nicaragua:
- La salida de Anastasio II del poder como condición para detener la guerra.
- Alto el fuego entre la Guardia Nacional de Nicaragua y el Frente Sandinista.
- Conformación de un gobierno provisional de reconciliación nacional, integrado por sectores moderados de la oposición junto con representantes de la junta provisional respaldada por el Frente.
- Despliegue de una fuerza de paz de la Organización de Estados Americanos (OEA), que supervisaría el cese al fuego y el proceso de transición.
- La reorganización de las fuerzas armadas en un Ejército que combinaría efectivos de la antigua GN y la guerrilla.
- Transferencia del poder al gobierno provisional tras la salida de Somoza y la estabilización del país.
¿Cómo podía Somoza siquiera sentarse a negociar dados los antecedentes de hostilidad y sedición presentados por la casta conservadora? Y dada, además, la creciente hostilidad de los Estados Unidos, que parecía haber olvidado cuáles eran sus intereses de cara a la Guerra Fría.
En sus memorias, Somoza relata una reunión con Carlos Andrés Pérez, presidente de Venezuela y uno de sus principales rivales geopolíticos, al haber Pérez respaldado y asilado a figuras clave de la guerrilla sandinista.
En ese encuentro, sostenido en julio de 1978 en la isla de Orchilla, deja ver claro el cálculo bajo el que operaba:
Durante tres horas, le presenté (a Pérez) una precisa evaluación de la situación en Nicaragua. Quería hacerle entender a Pérez que lo que estaba en juego era más que Somoza y su futuro político. Así que le dimos detalles sobre las fuerzas de los sandinistas, la fuente de su entrenamiento y equipamiento, el número de comunistas cubanos involucrados y las influencias que apuntaban a una toma comunista de Nicaragua.
(…) Pérez me replicó de forma tajante: «… Nuestra posición es firme. Tenés que irte». Esta declaración es la más fuerte que un presidente pude hacerle a otro. En esencia, me estaba diciendo que iba a por mi cabeza y que tenía el poder de tomarla…
(…) Además, afirmé que no había necesidad de llevar el asunto a una situación violenta y le sugerí que podían hablar conmigo. Ya empezaban a verse las señales y sentí que debía haber una forma de negociar. Pérez me dijo: «Ya es muy tarde para negociar».
Nicaragua traicionada, pp. 140-141
A Anastasio II le fue presentada la opción de dejar Nicaragua junto a su familia. Pero optó por permanecer en la presidencia precisamente porque para entonces percibía que dejar el poder implicaría dejar al país en una situación vulnerable de cara al único otro cuerpo armado en la oposición, el Frente Sandinista.
Siendo que el régimen somocista era altamente personalista, no era descabellado imaginar que, consciente, mejor que nadie, de esa naturaleza, Anastasio II reconociese la posibilidad de un periodo caótico y de pugna interna si la cabeza visible del régimen y el núcleo familiar súbitamente se retiraban.
Una debilidad que sería explotada sin duda por la guerrilla.
Nos pusimos realistas en nuestra valoración de las dificultades que enfrentábamos. Nuestros enemigos no iban a parar. Al contrario, sentimos que sus esfuerzos para destruirme y a mi gobierno se acelerarían pronto. Para ambos, la cuestión imponderable era: ¿cómo encarar a tantos enemigos por nuestra cuenta?
(…) El plan incluía cambiar nuestra estrategia de preparación militar… Esta era en verdad una emergencia y, enfrentándonos solos a nuestros enemigos, íbamos a tener que empezar un programa de reacción militar expedito y eso requería dinero. El plan fue definido y todos acordamos que debíamos hacerlo. La historia delata que Nicaragua no tuvo su Maratón, pero los griegos no tuvieron la mala fortuna de enfrentarse a Cuba, Rusia, Panamá, Costa Rica, Venezuela y los Estados Unidos al mismo tiempo.
Nicaragua traicionada, pp. 144, 148
Somoza había sido llevado a creer que mantendría el respaldo de Estados Unidos por el propio Carter, pero en el transcurso de 1978 a 1979 reconoció que las promesas no habían sido más que «ardides y artimañas» para asegurar que «cooperase con aquellas fuerzas determinadas a destruirme y al gobierno de Nicaragua» (p. 144).
El propio Somoza admite entonces que la única opción a su disposición, ante el abandono por parte de los Estados Unidos, era parapetarse e intentar encarar la amenaza de forma directa, con la Guardia Nacional, en un duelo a muerte. En el peor de los casos, sería destruido, pero ese destino estaba asegurado si no intentaba resistir.
La renuencia de Somoza a negociar fue, pues, creada por los mismos que la utilizaron como argumento para justificar la guerra total que desatarían en su contra, al negarle cualquier incentivo para sentarse y hacer concesiones.
Ahora, el Frente Sandinista fue desde el principio una guerrilla comunista. Se declaró como tal en múltiples ocasiones, operó con apoyo de la dictadura castrista de Cuba y de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) sin que aquello le causase ningún complejo. ¿Realmente se creían capaces de maniobrar en contra de esta organización de lógica militarista?, ¿con qué contrapeso? Si volvemos al plan de transición delineado por Estados Unidos y aceptado por la oposición, queda clara una falla: ¿cómo iba la Guardia Nacional, que por años fue deplorada como un ejército personalista e irreformable, adherirse al Frente Sandinista?
Por años, la oposición hacía llamados al desmantelamiento de la Guardia Nacional, la atacaban y retrataban como una pandilla de gamberros, la reconocían no como institución sino como la herramienta personal de Somoza, y bajo es perspectiva, asumiéndola como cierta sin matices, ¿realmente esperaban que la institución se plegase ante un plan de semejante envergadura y riesgo con la fuerza hostil que les había hecho la guerra sucia?
Al mismo tiempo, la confianza en las promesas de moderación de los terceristas en el seno del sandinismo parecen en exceso ingenuas, casi estúpidas. Pretender que más de una década de rigidez marxista iba a ser borrada de la noche a la mañana resulta absurdo y tampoco es que faltasen ejemplos de derrocamientos de regímenes guiados por coaliciones amplias que acababan monopolizados por vanguardias comunistas. Justamente, los dos mayores ejemplos de cooptación de coaliciones en procesos revolucionarios, Cuba y la URSS, eran los mentores de los sandinistas.
Es difícil pensar que la casta que se veía a sí misma como la élite de Nicaragua, las «buenas familias» cuyos hijos nutrían las filas del mismo sandinismo, se manejase de una forma tan torpe y tan contraproducente. Pudiera argumentarse que esto sólo lo podemos formular una vez hemos visto la historia, pero ya las señales eran cuantiosas.
La otra explicación es que reaccionaron de forma puramente emocional tras la muerte violenta del político conservador Pedro Joaquín Chamorro el 10 de enero de 1978. Lo cierto es que la atribución de su muerte a Somoza fue extremadamente apresurada y, desde una óptica realista, fue una contingencia aprovechada e instrumentalizada por la oposición sin ningún aprecio a la verdad. Difícilmente puede culpárseles; su propia familia tomó parte en ello.
Chamorro era un individuo complicado para el somocismo. Había estado involucrado en un alzamiento armado (Olama y Mollejones) y en un catastrófico intento de golpe en 1967 (el 22 de enero), por lo que bajo cualquier estándar legal su ejecución hubiera sido justificada. Pero era útil en tanto la misericordia que el régimen somocista le extendía probaba, al menos en su cálculo, que no era un régimen despiadado, y su periódico aportaba a la imagen de un somocismo moderno y tolerante. Presuntamente fue sometido a torturas, pero el caso es que él era también un mentiroso y un demagogo, porque contrario a la imagen del modernizador del periodismo que se tiene de él, ante todo era un político.
Somoza mismo reconoce que matarlo no tenía ningún sentido desde su posición. Y en la práctica, su muerte hizo que una alianza con el sandinismo no sonase tan descabellada, al pintar al somocismo como más allá de la razón. Pero a la fecha, y a pesar de una década de dominio sandinista, dieciséis años de gobiernos ostensiblemente democráticos (incluyendo al de la propia viuda de Chamorro) y otros diecinueve de gobierno neo-sandinista, no se ha podido probar que Somoza hubiera tenido responsabilidad alguna por la muerte de Chamorro.
Eso no impidió que todos señalasen a Somoza, sin ninguna evidencia, de forma escandalosa, interesada, y ha de decirse que con extrema violencia (los «chamorristas» volcaron su ira contra la infraestructura pública de Managua en represalia, y lloraron cuando la Guardia los reprendió). Pero atribuirle un carácter emocional al terrible juicio que presentaron las élites antisomocistas sólo puede llevarnos tan lejos. Más bien parece ser que utilizaron la tragedia para afianzar la narrativa que ya habían decidido, para la cual resultó quizá demasiado conveniente (los más conspirativos llegan a hablar de mano sandinista en la muerte de Chamorro, pero no nos aventuraremos tan lejos nosotros en esa dirección).
Al final, la advertencia de Somoza de que la Guardia Nacional era el único cuerpo que se interponía entre el comunismo y la sociedad nicaragüense resultó verídica. Pero no hacía falta que él lo dijera, no hacía falta ser un genio tampoco. Todas las señales, todos los signos, estaban ahí a la vista. Estaban viendo a los antropófagos en primera fila. Así que hemos de concluir o en estupidez, o en malicia como explicación. Y si bien es cierto que no se debe atribuir a lo segundo lo que se puede explicar con lo primero, hay que considerar el comportamiento posterior de la élite conservadora.
Incluso victimizada por el sandinismo debido a su naturaleza burguesa, ha de decirse que la élite conservadora aceptó a la élite sandinista con relativa comodidad. No es sólo que Violeta Barrios de Chamorro nunca intentó seriamente contrarrestar la influencia sandinista en el Estado, sino que su propio yerno, Antonio Lacayo, ministro de la presidencia sino es que presidente en la sombra por derecho propio, estaba directamente vinculado al sandinismo. Es el mismo Lacayo que más tarde se vanagloriaba de haber ignorado a la voluntad popular cuando admitía para Confidencial —medio de su cuñado sandinista, Carlos Fernando Chamorro— en 2004 que «la gente quería que a los sandinistas se les echara presos», pero que «ese no era su compromiso (de Barrios), eso no es lo que estaba en el programa de gobierno».
Fue la misma élite conservadora la que se rehusó a investigar los asesinatos en contra de los excombatientes de la Resistencia Nicaragüense, los hombres que hicieron ceder al sandinismo y les entregaron la oportunidad de hacer política. Es la misma élite que más tarde pactaría en buena medida con el sandinismo, primero a través de el presidente Arnoldo Alemán y luego en recibimiento de un triunfante Daniel Ortega que vició nuestra política electoral y se hizo con la presidencia en 2007.
Resulta evidente, pues, que esta élite que llamamos conservadora por pura convención —porque tiene afiliaciones varias en todo el espectro político— no fue utilizada ni manipulada. Fueron agentes activos en la humillación y el avasallamiento de Nicaragua, incluso después de haber sido victimizados por el sandinismo. Y ahora, de forma subrepticia, en alianza con los disidentes del sandinismo, se erigen como la oposición al neo-sandinismo de Ortega y de Murillo.
De modo que nuestras opciones son el estalinismo tropical de los caníbales o el trotskismo cosmopolita de los caníbales dizque rehabilitados, pero los actores suelen ser los mismos o comparten lazos de afinidad o hasta sangre. Sin meternos en los particulares de si el somocismo era o no un régimen benéfico para el país (hay razones para pensar que sí como para que no), hemos de reconocer el desastre que ha sido el sandinismo en todas sus formas, y en la inefectiva naturaleza del liberalismo antisomocista en frenarlo.
Porque, a la fecha, sólo un proyecto político le ha hecho frente al Frente sin claudicar y hasta las últimas consecuencias, sólo un proyecto se inmoló antes que permitirle a los caníbales hacerse con el país. Y sólo un proyecto insurgente, la Resistencia Nicaragüense —de liderazgo somocista— lo pudo frenar en su avanzada carnicera, así fuese por tan sólo unos cuantos años.
Y hoy que se cumplen cuarenta y siete años del exilio de Anastasio II, en verdad el fin de la triste y turbulenta República nacida en 1838, reconocemos el sacrificio que todos aquellos que dieron lo mejor de sí para hacer de Nicaragua no sólo una patria soñada a lo grande, sino grande en verdad, grande aquí y ahora, tangible e ineludiblemente grandiosa, así fuera frustrada su gesta.
Aspiramos a reavivar su legado, retomar su empresa donde la dejaron. Pero eso, si acaso, será cuando los caníbales se terminen de devorar entre ellos.
