Entrevista realizada en un café de San Salvador el 1 de septiembre de 2025 por un estudiante de la Universidad Centroamericana (UCA) José Simeón Cañas.
Parecía nervioso cuando lo vi sorbiendo de la taza de café con motivos indígenas. Me citó por la tarde en un café sivareño poco concurrido. Me dijo que no dijera cuál y también me pidió no describirlo físicamente. «Es peligroso» me dice, aunque me autoriza a usar su nombre completo.
Pedro Fernando Senconac Argüello lleva ya casi cinco años colaborando para ALBARDA, a su ver «el único canal genuino del nacionalismo nicaragüense«, y poco más de tres años a la cabeza. La suya ha sido una gestión enigmática.
El blog, ya de por sí humilde, ha tenido poco apoyo y ha sido ante todo un proyecto de pasión inconstante, pero de pasión al fin. No se defiende de estos cargos. Más bien lamenta no haberle podido dar más. Insiste, sin embargo, en que va «a continuar la pelea».
Hijo de padre francés y madre nicaragüense, como delata el apellido, Senconac nace en una Nicaragua que sólo puede describir como «subyugada», un país bajo la amalgama extraña del eco de una dictadura marxista y una oligarquía agonizante, parásitos mutuos.
En su natal Masaya se crió por las mismas calles en que combatieron los guerrilleros y los guardias. Pero en vez de sentirse insurrecto como habría de esperar uno en Masaya, su perspectiva es algo cínica y profesa una fe incólume en quien muchos, aún a día hoy, consideran los verdugos de aquella ciudad y de toda Nicaragua.
Al final del día, su lealtad —me dice mientras nos escondemos en la última mesa del café— es hacia un ideal cuya muerte lamenta. Hablamos del nacionalismo nicaragüense y, en concreto, del último exponente del genus: el somocismo.
P. ¿Vos sos somocista por convicción familiar o por nostalgia?
R. Por nostalgia no puede ser porque estoy chavalo. Por familia menos. Primero que nada, más que somocista soy nacionalista. Pero por ser nacionalista, por haber estudiado la historia de mi país, no puedo llegar a otra conclusión más que el proyecto político más avanzado y el que más prosperidad le dio a este país fue el somocista. Como nacionalista no me puedo posicionar de otra forma que a favor del somocismo, con algunas reservas. No fue un proyecto perfecto, pero sí fue el más coherente y el que más desarrollo trajo. Mi familia es de conservadores, de toda la vida conservadores. Ya después, por conveniencia, algunos se pasaron al sandinismo porque acá es imposible sobrevivir si no sos sandinista. Yo no juzgo a la gente que lo hace por necesidad. Entonces mi postura no la heredo. Ha sido más que nada un proceso de razonamiento propio, a través de mi criterio y del estudio de la historia.
P. ¿Qué es para vos el somocismo entonces? Hoy por hoy, para la mayoría de nicaragüenses, es sinónimo de guerra, de violencia…
R. Hay que ser francos: el primero, Anastasio Somoza García, fue un político oportunista, con muy buenas intenciones pero oportunista al fin. Como decía Bertrand de Jouvenel, el poder inicia con un motivo egoísta, pero después, por los propios imperativos de la gobernanza, se convierte en un proyecto eusocial. Yo diría que Anastasio I fue un político oportunista que causó mucho bien para el país, mientras que Luis y Anastasio II fueron más idealistas, sí tenían un sentido patriótico, sí tenían ideas grandes. Para entender qué es el somocismo tenés que ver a la Nicaragua somocista y la Nicaragua bajo el sandinismo. Si lo hacés te das cuenta de que son dos países completamente distintos, naciones irreconocibles. La Nicaragua somocista era, en términos relativos —porque el avance tecnológico, la forma en que se estructura la economía, todo eso nubla un poco las cosas—, un país muchísimo más próspero, más ordenado, con un proyecto de nación que se proyectaba hacia el futuro. Era un país con consciencia de sí mismo, capaz de lograr cosas grandes, un pueblo muy patriótico.
P. Pero fue una dictadura, ¿no es así?
R. Podría decirse que sí, que fue dictadura, pero si te ponés a analizarlo realmente no lo fue. Tal vez Anastasio I encajaba más en ese papel, pero hubo alternancia de presidentes. René Schick, por ejemplo, rompía un poco con el liderazgo de la familia Somoza. Luis y Anastasio II intentaron mantener el país ordenado en un contexto de guerra, pero todavía conservaban bastantes elementos democráticos. Yo creo que fue precisamente el hecho de que no fueran completamente dictatoriales lo que los llevó al colapso. Trataron de conciliar el asunto con la oposición cuando realmente tuvieron que ser más duros. Ojalá lo hubieran sido más. Hay muchísimas dictaduras buenas; durante la mayor parte de la historia la humanidad se gobernó así.
P. ¿Dictaduras buenas como cuáles?
R. Bueno, tenés a Pinochet, a Lee Kuan Yew de Singapur, a Mussolini, a Hernández Martínez en El Salvador. Y también aquí en El Salvador a Bukele le dicen dictador y mirá todo lo que ha logrado. Yo no digo que por automático toda dictadura sea buena. Yo soy de la creencia de que el poder es una herramienta y se hace bien o se hace mal con él, de modo que si el liderazgo es incuestionable y se orienta al bien, se hará mucho más bien, lógicamente, que con un mando dividido como se ve en los regímenes democráticos. Inversamente, también un mando dividido es incapaz de hacer el mismo nivel de mal que un mando unificado orientado al mal, pero también el mando dividido tiene sus propios males, por eso yo soy un enemigo de la democracia.
P. ¿No ves nada bueno en la democracia?
R. Cómo no. Como te digo: puede evitar que se haga más mal. Eso de los checks and balances tiene cierto de verdad. El republicanismo —que no la democracia— tiene sus virtudes pero no es apropiado para la mayoría de contextos nacionales. Se necesita de un pueblo muy disciplinado, muy ennoblecido para lograrlo, y eso todavía no lo tenemos en Hispanoamérica. Eso se logra con años, siglos realmente, de mano dura y no hablo de la mano dura que hoy se entiende de meter preso a todo mundo como hace Bukele. Yo hablo de la mano dura de las monarquías de antaño que colgaban, mutilaban y destripaban a los criminales. Eso a la gente no le gusta —a mí tampoco, no soy sádico— pero sí que nos encantan las sociedades que resultan de ese proceso, las sociedades de alta confianza donde los elementos criminales son mínimos porque simplemente no existe en gran medida la proclividad biológica hacia la criminalidad. Eso hoy por hoy siento que es muy difícil de replicar y de justificar políticamente, pero considero que es el proceso con el que se crea una sociedad tranquila, decente, capaz de darle una buena vida a la mayor cantidad de gente, lo que al final es, o bien debería ser, el objetivo de todo esto.
P. Y en el sandinismo, ¿no ves nada bueno?
R. Han tenido que pasar cuarenta y pico de años para que un par de proyectitos financiados por gobiernos extranjeros se hagan a medias, mal hechos, pero en sí, en muchos lugares del país, todavía la gente vive en las ruinas de una civilización superior en términos morales, espirituales incluso, que a lo que tenemos ahora. Es sencillamente una cosa degenerada en su totalidad. Si algo le reconozco es que por fin, espero yo, el nicaragüense tiene la experiencia del izquierdismo y la puede rechazar con conocimiento. Pero creo que nos la pudimos haber ahorrado. Todos esos muertos nos van a hacer falta para siempre.
P. ¿Qué es el sandinismo para vos?
Con el sandinismo no hay espacio para nada que no esté dentro del sandinismo. Es una doctrina totalizante. Incluso el «patriotismo sandinista» es rancio, nocivo, conducente solo al empobrecimiento y al control. Es el poder desnudo, el poder sin ningún tipo de consciencia humana sino que es animal, bestial; el poder que enaltece solo lo bajo, lo criminal, lo marginal.
P. Pero vos has mostrado apoyo a doctrinas totalitarias. Me acabás de decir que considerás a Mussolini un buen dictador y él era el padre del totalitarismo.
R. Sí, es que así como el poder puede usarse para bien y mal, se puede ser totalizante en otra dirección de engrandecimiento y no en la de bajeza que hace el sandinismo, el izquierdismo en general, más bien. Yo pienso que no es necesario tener a toda la sociedad obligada a demostrar fervores excesivos con gestos de lealtad constantes. Eso tal vez en tiempo de guerra, y ojalá no llegue a pasarnos si algún día estamos en el poder los nacionalistas. En la paz se vuelve cansino y no importa si lo hace el sandinismo o si lo hace la derecha. Yo creo que tiene que pasarte naturalmente.
P. ¿Cómo reconciliás tu nacionalismo más radical con el liberalismo de Somoza?
R. Bueno, como ya has de saber el origen del somocismo contiene un germen nacionalsocialista o al menos fascista, en lo que fue la figura de la Vanguardia, con personajes como José Coronel Urtecho, Pablo Antonio Cuadras y el gran Luis Alberto Cabrales, a quien yo admiro mucho. Tenían un ideario muchísimo más agresivo que el mismo somocismo. Yo creo que esa es la base para recuperar un sentido de pertenencia nacional en Nicaragua, pero justamente los encontramos en su mayor fervor patriótico del lado de Somoza.
P. Pero Somoza los traicionó.
R. Tenía que hacerlo, realmente. No me pareció correcto, pero el hecho de que después muchos se fueran al sandinismo o se juntaran con lo más rancio del Partido Conservador me dice que, con todo y sus enormes aportes, al final no estaban tan comprometidos con el ideal como parecía. La «traición» fue más bien una necesidad política. Estados Unidos no iba a tolerar semejante cosa como un fascismo tropical en su esfera de influencia y nosotros no ofrecíamos tanto como para justificar que nos aplicaran una política más o menos tolerante como la que había con Franco. Ahora bien, Anastasio I también erraba de seguirle mucho la corriente a los gringos. Pudo no haberles hecho nada [a los vanguardistas], dejarlos en sus puestos públicos —que muchos mantuvieron hasta como en los cincuenta— y que se olvidara el asunto del fascismo, pero él quería dejarle claro a Estados Unidos que era leal a la democracia en ese tiempo de la Segunda Guerra Mundial y la posterior hegemonía yanqui en el continente. De nuevo es lo que digo: si le hubiera importado menos ese sostenimiento del ideal democrático y de sus formas, habría sido mucho mejor gobierno, actuando con más racionalidad y coherencia, aunque a costa de algunas de las cosas que le celebramos. Dígase, el crecimiento económico.
P. ¿Qué tenés que decir sobre las atrocidades del régimen somocista?
R. Yo no le creo mucho a la gente que habla de los crímenes, de genocidio incluso se oye hablar, que denota una ignorancia bien atrevida. Primero porque ha habido cuarenta años para manipular todo eso. Es desde el principio un problema de epistemología. Tenemos muy poca forma de saber y nuestras fuentes son los mismos que mentían y mienten todavía sobre cosas que todos vimos con nuestros propios ojos en 2018; todavía si fuera otra gente, pero no, son los mismos. Hasta donde he estudiado yo, los «crímenes del somocismo» caen en dos categorías: atrocidades de guerra, inevitables por la forma en que el Frente Sandinista y otros grupos manejaban la guerra; y casos completamente manipulados, tergiversados. La Guardia Nacional no tenía necesidad de hacer nada de lo que se le acusa si no hubiera existido la guerrilla. No hubiera habido guerra en Nicaragua sin la guerrilla y la gente bien hubiera seguido con sus vidas. Cualquier abuso hubiera quedado en lo mínimo, pero cuando se abre el frente y eso se lleva a las ciudades, en el caos del conflicto no hay ley que te salve. Eso pasa incluso hoy en día. En última instancia, eso es responsabilidad de quienes luchaban de forma irregular.
P. Pero incluso en la guerra hay ciertas normas para operar.
R. El gobierno se defendía, y al hacerlo había daño colateral, evidentemente. Pero no se puede esperar otra cosa. Me parece muy injusto intentar procesar eso como «crímen de lesa humanidad», cuando en realidad era el ejercicio normal del poder, del monopolio de la violencia que tiene el Estado. Cualquier otro gobierno en una situación existencial habría hecho lo mismo. Y el sandinismo en condición de guerrilla no respetaba ninguna ley de guerra. Usaban uniformes enemigos, no tomaban prisioneros más que civiles de rehenes para chantajear al gobierno. La CIDH [Comisión Permanente de Derechos Humanos] yo sé que tiene el trabajo de fiscalizar a los Estados, pero ella y otros instrumentos evitan que los Estados combatan a esa clase de grupos insurgentes. ¿Qué le queda al Estado entonces si no es la guerra total? No iban a dejarse matar con tal de mantener el honor de un papelucho redactado a miles de kilómetros de donde estaban, si ya tenían a un perro sandinista apuntándoles a la cabeza.
P. ¿Creés vos que el somocismo pueda vendérsele a los nicaragüenses de nuevo?
R. Difícilmente. El somocismo está demonizado, no es vendible políticamente si le ponés ese nombre, «somocismo». Pero si a la gente le presentás un programa nacionalista inspirado [en Somoza] o incluso más radical que el somocismo, muchos te lo agarran. Yo lo he visto. Por otro lado, tampoco la misma familia Somoza está interesada en esas cosas. Yo he escuchado las entrevistas con Álvaro Somoza y he visto lo que hacen otros Somoza, como las gemelas esas que le hacían campaña a la Hillary Clinton, y yo no los veo comprometidos, más bien se andan disculpando o escondiendo algunos. ¡Imaginate vos! [se carcajea] Si yo tuviera el privilegio de tener sangre tan ilustre para la historia de mi país, presumiendo andaría. En cualquier caso, no. No veo un neosomocismo como fuerza política por ahora. Cuando el sandinismo colapse, va a ser más sencillo ofrecer a la gente una historia nueva, una lectura más justa de lo que realmente ocurrió y tal vez entonces podamos ver a grupos neosomocistas reorganizarse. Yo me comprometo a estar al frente de tales iniciativas. Pero no va a ser somocismo con tal de replicar lo que fue, sino para mejorarlo. Somocismo va a ser por un asunto de homenaje y como una victoria poética contra el sandinismo, que cree que ya ganó y que ha enterrado ese nombre para siempre.
P. ¿Qué clase de iniciativas apoyarías?
R. Es necesario hacer un trabajo de memoria de verdad, limpiar toda la difamación, todo el mal nombre que se ha dado a un periodo tan interesante y tan productivo del ser nacional, así como también a héroes como los contras. Ha habido mucha manipulación, tergiversación y falsificación. Es cuestión de ir corrigiendo eso poco a poco.
P. ¿Qué le dirías a otros jóvenes que estén estudiando hoy día la historia del país? La mayoría no son derechistas.
R. Yo los invito siempre a irse a las fuentes más cercanas, incluso a hablar con sus mismos familiares que vivieron todo eso, porque esa es la mejor propaganda para el somocismo: los que lo vivieron. Y los insto a reconocer que, así como no le creen nada a los sandinistas de ahora, tampoco confíen en los de antes, porque son hasta los mismos, como te dije, y el sandinismo de antes era hasta peor. Mucha gente los compara [al somocismo y al sandinismo] como si fueran iguales, pero no son equiparables para nada, incluso si por las necesidades mismas de gobernar un país como Nicaragua comparten elementos estructurales. Si lo vemos en suma, el régimen comunista fue de completa destrucción, de barbarie absoluta, mientras que el régimen somocista construía. Incluso si tenía sus fallas, era un régimen generador para el país. Llevaba a Nicaragua en buen camino, honestamente.
Nos despedimos más tarde con un apretón de manos. Sonriente, me promete mandarme unos PDFs y me dice que tenga cuidado. «Todavía no pasa la noche oscura de nuestro paisito».
