Tras los acuerdos de paz que acabaron con la guerra civil nicaragüense, los soldados de la llamada Contrarrevolución fueron cazados en las calles de Nicaragua, e incluso en el exilio, sin que sus muertes fuesen investigadas ni llevadas ante la Justicia.
En esta crónica de ALBARDA te contamos cómo pasó y quiénes fueron los responsables.
~ PRÓLOGO ~
(UN RELATO DE) LA CAÍDA DE LA GUARDIA NACIONAL
(I)
El soldado no es soldado todavía, sino cadete, pero debe hacer de soldado ahora que la situación está difícil. El enemigo está por todos lados, pero en los dos meses que ha patrullado la carretera que va de León a Managua, no ha visto a ninguno de ellos.
Las áridas tierras del departamento de León acaban en una cordillera al fondo de su visión periférica, a su derecha, más allá de los árboles que rodean los sembradíos, y a la izquierda el lejano azul del volcán Momotombo, más oscuro que el cielo, al fondo de la inmensa planicie.
El soldado mira hacia adelante, sin embargo, desde el jeep Willys CJ-5 con el brazo derecho sosteniendo la subametralladora israelí, el dedo en perfecta y rígida postura horizontal, disciplinada, por encima del gatillo, mientras su compañero conduce.
(II)
El 17 de junio de 1979 el cadete se vuelve soldado.
La Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería (EEBI) lo convierte en jefe de una compañía de ciento cincuenta reservistas, entrenados por una hora en el auditorio principal. Todavía tiene el uniforme verde olivo de cadete.
Las sombras de los edificios rectangulares soban sus rostros al extenderse por la Avenida Roosevelt de la capital más tarde.
Veintisiete hombres acompañan al ahora subteniente, preparando una emboscada contra los insurgentes que cada vez respiran con más fuerza, cada vez más cerca de la nuca del dictador Somoza.
(III)
En el puente El Edén el subteniente y sus hombres expulsan a un grupo de insurgentes.
En el alcantarillado, encuentran a un muchacho con una bala en la rodilla. Lo mira al soldado, paralizado el chavalo por el terror conforme la tanqueta Sherman se hace paso encima del puente.
—Llevate a este chavalo a la Cruz Roja —le ordena el sargento en la tanqueta—. No hagás informe y decí que salió herido en fuego cruzado.
(IV)
El 17 de julio ya no hay respuesta del capitán en el Comando. En el puesto de Ciudad Jardín ya no hay ningún oficial. En la radio se escucha un mensaje:
«…por este medio renuncio a la Presidencia a la cual fui electo popularmente. Mi renuncia es irrevocable».
Anastasio Somoza Debayle le declara al Congreso de la Nación:
«He luchado contra el comunismo y creo que, cuando salgan las verdades, me darán la razón en la historia», pero no lee la carta en el pleno a los diputados. En ese momento aborda el avión que lo sacará de Nicaragua.
El subteniente es también anticomunista, pero no tiene un avión privado.
(V)
Una multitud desorientada colma la base de la Fuerza Aérea Nicaragüense (FAN).
El verde olivo y el camuflaje de los hombres y los muchachos se diluye en una multitud de mujeres, viejos y niños de caras confusas o acalambradas, en colores dispares alrededor de los hangares de techo triangular: GN 1, GN 2, GN 3, etc., dicen las estructuras.
Ve, en la pista, a un grupo de soldados apuntando a la tripulación de un avión Douglas DC-6 gritando que los dejen subir con sus familias, amontonados en la escalera de abordaje, casi cayendo algunos contra la pista.
El subteniente reconoce a un compañero de su promoción, el también subteniente Lanuza, herido por una granada en las piernas, cubierto de vendajes manchados, mientras su capitán, apellido Sampson, se disputa su lugar en el avión, pistola en mano, con el brazo libre ayudándolo a subir.
En la pista yacen abandonados los camiones Dodge M37 B1. Las ametralladoras M2 Browning, que disparan las terribles calibre 50, siguen todavía montadas en ellos. Algunos de los muchachos de la EEBI intentan desmontarlas.
—Soldado —dice el subteniente, bajando del camión Unimog, a un muchacho que ya pudo zafar el largo cuerpo de la ametralladora—, esa le sirve más a este —señala al vehículo—. Ya tiene el ajuste.
Otro soldado responde apuntando con el fusil Galil. Es también de la EEBI, lleva ese uniforme camuflado para un terreno tan ajeno a la pista aquella.
El subteniente no se inmuta y, ahí mismo, el soldado aparta el cañón. Se quiebra.
—Esos oficiales hijueputas —se lamenta.
Y entonces no parece temible en lo absoluto. Es sólo un chavalo.
(VI)
Son las 1900 horas del 18 de julio y el subteniente manda llamar a todos los oficiales que puedan escuchar. Su voz difusa se esparce por el aire helado de la noche en Managua.
Hace frío en la oscuridad; el subteniente pausa por un instante. La estática del radio se funde con los ruidos dispersos de la noche.
Mira arriba: las estrellas no han sucumbido al fuego enemigo.
Se detiene un momento a pensar. Mira al subteniente Sosa, a Illescas, a Denis Pineda y a Urbina, rostros cansados los suyos.
Piensa en sus padres refugiados en la casa de su mama Chepita allá en Altagracia.
—Cuando salga el sol quiero ir a verlos —le dice a la tropa—. Quiero que me acompañen.
Los hombres asienten al subteniente. Hasta donde él sabe, mañana podría ser la última vez que los vea por el resto de su vida.
~ PARTE I ~
LA CONTRA, DESARMADA

(VII)
Luis Alfonso Moreno Payán se sienta ante la mesa de Enrique Bermúdez Varela, su comandante en otros tiempos y ahora su amigo, mientras cenan junto a sus esposas entre las refrescantes brisas marinas de Miami.
Abre febrero de 1991 y su país natal, la Nicaragua que dejaron a más de mil seiscientos kilómetros, no lleva ni un año intentando dejar atrás una década de la guerra que los unió.
Entre la calidez de la camaradería y las risas, y después de las anécdotas, ninguno siente que el tema implícito deba hablarse en voz baja. Bermúdez planea volver a Nicaragua, después de todo.
Los dos lo saben muy bien, como también lo habrán sabido sus mujeres; quizá hasta mejor que ellos mismos. Moreno pone el brazo que le queda, el izquierdo, encima de la mesa. Lo mira con decisión.
—No somos crueles, somos pragmáticos —dice Moreno en entrevista con ALBARDA treinta y cuatro años después.
Y crueldad hubiera sido no decirle lo obvio: si volvía a Nicaragua, lo iban a matar.
(VIII)
—Me dijo que en el primer viaje que había tenido por Nicaragua, en 1990, tras la elección de Violeta Barrios de Chamorro, lo habían vigilado —recuerda Moreno—. Me contó que lo habían seguido carros de la Seguridad del Estado, los reconoció por las placas. Fue a hablar con el cardenal Miguel Obando y Bravo, con el jefe de Gobernación, Carlos Hurtado.
Y ninguno supo darle auxilio.
El 9 de febrero había comentado a Hurtado sobre la posibilidad de contar con sus propios escoltas, soldados desmovilizados aún dispuestos a guardar a su comandante, pero el funcionario se negó.
«¿Y yo para qué los quiero desarmados?», rememora haber oído de Bermúdez el ex-combatiente Luis Fley Gonzales, quien en tiempos de la guerra fuera, en sus propias palabras, «su asistente personal». Lo mismo recuerda haber escuchado Moreno.
«Si me van a matar, es lo mismo que tenga dos, o tres, o cuatro, o cien guardaespaldas… Si me van a matar, que me maten solo. Yo prefiero morir solo. Si me van a matar, que me maten», cita Moreno.
Al día siguiente, el 10 de febrero, se reunió con más de ochenta dirigentes de la Resistencia Nicaragüense (RN), la coalición guerrillera que por casi una década encabezó en combate contra la Primera Dictadura Sandinista, en un auditorio de una comuna del departamento de Matagalpa, en la región central, que el alcalde de la cabecera homónima les había asignado.
Demandaban «comida, tierra y medicinas», como consta en un titular de La Prensa de ese entonces, para sostenerse tras la guerra y ahí se dispusieron a llevar sus exigencias al plano político.
Bermúdez, como líder en guerra, naturalmente sería líder en la paz.

Surgía como figura unificadora en contraposición a otros como Óscar Sobalvarro e Israel Galeano, cuyo liderazgo empezaba a ser cuestionado ante la incapacidad de entregar resultados a los desmovilizados, y ante la percepción de que habían cedido a los encantos y dádivas de los políticos.
—El plan de paz era bien complicado —relata Moreno, recordando las últimas conversaciones que tuvo con Bermúdez antes del cese de hostilidades en 1988— porque al momento los políticos de nosotros —los liberales y otros opositores al sandinismo aglutinados en la Unión Nacional Opositora (UNO)— dejan al Ejército Popular Sandinista (EPS) y a toda la Seguridad del Estado intactos.
En las selvas de la Honduras fronteriza con Nicaragua, la RN mantuvo campamentos clandestinos, recibiendo armas y entrenamiento de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de los Estados Unidos, en constante movimiento para escapar de la artillería sandinista mientras planificaban las maniobras en el centro, Caribe y sur del país.
—Lo menos que pudimos haber pedido por tantos hombres muertos —afirma el veterano— era la desmovilización completa del ejército (sandinista), y la conformación de una policía que fuera capaz de mantener el orden, porque Nicaragua ya no necesitaba ejército.
Entonces le preguntó a Bermúdez si no podrían entrar a la política en esta nueva Nicaragua que se discutía en Guatemala.
«Los políticos son gente que tiene dinero», le contestó. «Vos y yo tenemos familia. No tenemos dinero. Fuimos militares y se acabó la guerra. Tenemos que buscar qué hacer».
—De modo que ser Contra en ese momento significaba vivir pobre en el exilio o ser asesinado en tu país, y él no iba a ir a otro país de nuevo —explica Moreno.
Pero su voz se tuerce un poco todavía cuando recuerda su muerte.
~ PARTE II ~
LA CONTRA, ABANDONADA
(IX)
El asfalto del parqueo del Hotel Crowne Plaza lo soban los rezagos de las luces que esa pirámide blanca infunde en la noche de Managua. Las ventanas, algunas iluminadas, otras oscurecidas recorren el cuerpo del trapecio que es el edificio.
Bermúdez llegó al hotel a eso de las 2030 horas. Pasó por el bar La Cita buscando a alguien. Al no encontrarlo salió, pero regresó para hablar con algunos conocidos: el ministro de Deportes, Carlos García; el vicealcalde de Managua, Roberto Cedeño; y el alcalde de Miami, Pedro Reboredo, entonces de visita oficial.
A eso de las 2145, Bermúdez salió del bar. Caminó hasta su jeep Cherokee color azul en el parqueo y cayó muerto bajo las luces de la pirámide. En un instante, una bala le atravesó la cabeza. Luego otra.

(X)
El director de la Policía Nacional era un guerrillero sandinista. Había sido nombrado en 1989, aún en dictadura, tras haber servido en ese mismo papel entre 1979 y 1982.
René Vivas Lugo apareció incluso en ese parqueo tal vez pasadas las diez, cuando ya al cadáver de Bermúdez lo había retirado una ambulancia
Las camisas azules de sus oficiales subalternos invadieron el espacio del parqueo. Decenas de manos y ojos acudieron al operativo desplegado a órdenes de Vivas.
Toda la noche, pasada la madrugada y hasta que los dedos rosados del alba rebotaron en la pintura blanca del hotel, los maletines con las herramientas, medidores y toda clase de artilugio forense imaginable pasaron abiertos.
Los oficiales trabajaron incansables, lo dieron todo de sí, para decirle a Nicaragua entera que no tenían idea alguna del crimen. No hubo detenciones ni acusados formales, ni autores materiales ni intelectuales identificados, y la comisión especial convocada para investigar el caso fue abortada unos meses después.
—Hay montones de cosas que quedaron sueltas ahí, simplemente sin investigarse —dice Luis Fley en entrevista con ALBARDA, retomando luego un refrán que escuchó durante su servicio— «las estrellas de los militares brillan con el sol pero la tierra tapa a los muertos».
La muerte de Bermúdez, en esas circunstancias tan turbias, no había sido la primera. Tampoco iba a ser la última.
~ PARTE III ~
LA CONTRA, TRAICIONADA
(XI)
En agosto de 1992, el Comité de Relaciones Exteriores del Senado de los Estados Unidos presentó un informe sobre la situación política y social en Nicaragua, evaluando los resultados de los acuerdos de paz, pero también sondeando el pensamiento y ánimo de los desmovilizados antisandinistas que tanto había nutrido su patria en tiempos de Ronald Reagan.
Contabilizaron, para ese entonces, 217 «combatientes por la libertad» muertos en circunstancias sospechosas —y no tan sospechosas— desde que se había firmado la paz. Bermúdez encabezaba la lista, pero también otros individuos importantes en el liderazgo de la RN.
—Conocí a varios que mataron en Honduras también, donde está «la mano pachona» de los órganos de inteligencia de Nicaragua. Renato —Francisco Ruiz Castellanos, otro miembro del Estado Mayor— también fue asesinado —el 27 de junio del ‘91— y después un montón de gente, amigos míos— lamenta Fley.
El antes mencionado Israel Galeano, alias «Franklyn», había sido asesinado a principios de 1992, de modo que cinco miembros del antiguo liderazgo contrarrevolucionario, así como cientos de sus soldados, habían caído bajo armas desconocidas, crímenes en gran medida impunes a pesar de lo acordado en Guatemala.

—Yo era colaborador voluntario, era un chavalo —dice en entrevista con ALBARDA el defensor de derechos humanos Pablo Cuevas, quien entonces trabajaba apoyando en la recopilación de información en organizaciones como la Comisión Permanente de Derechos Humanos (CPDH)—. Nosotros pudimos identificar el patrón.
La mayoría caía «en peleas». Alguien los citaba en algún lugar conocido, alguien que trababa amistad con ellos. En confianza, los llevaban a algún lugar aislado, los invitaban a tomar. Las cosas «se salían de control» y un cadáver terminaba en el suelo.
—Yo no recuerdo —dice Cuevas— ni un solo caso en que la Policía haya sometido a la justicia a alguien que hubiera cometido uno de estos asesinatos claramente políticos.
»Ni en los grandes casos, ni en los pequeños casos —acota.
En base a las denuncias que procesaba en ese entonces, Cuevas pudo diagnosticar la existencia de lo que llama «un Estado paralelo dentro de la administración» de Barrios, uno en el que los antiguos funcionarios y oficiales del Frente Sandinista respondían a la lealtad partidaria antes que a su deber para con la república.
—La estructura de la seguridad del Estado quedó intacta dentro de la Policía —nota Cuevas—. Y desde ahí ellos obedecían órdenes de la Dirección Nacional del Frente Sandinista.
Los investigadores del Senado estadounidense concluían lo mismo en 1992: «el país en realidad es controlado por el general Humberto Ortega Saavedra y el Frente Sandinista… Hay fuertes indicios de una campaña sistemática para asesinar a ex-miembros de la Resistencia Nicaragüense».
(XII)
La iglesia El Carmen está llena de amigos y ex-combatientes que alguna vez sirvieron bajo el mando de Bermúdez, ingeniero militar y teniente coronel de la extinta Guardia Nacional (GN), a la cual sirvió por casi treinta años bajo la sucesión de dictadores de la familia Somoza, y «Comandante 3-80» para la Fuerza Democrática Nicaragüense (FDN), el más grande de los ejércitos dentro de la RN.
El cardenal Miguel Obando y Bravo dirige la ceremonia, lanza un llamado a la concordia que nadie parece escuchar.
—Me dolió, me dolió, me dio un golpe, porque era un hombre bien educado, un caballero en todo el sentido de la palabra y que se había ganado la admiración y respeto de todos los combatientes de la Contra —recuerda Fley, a quien Bermúdez conoció como «Comandante Johnson».

En representación de la presidente, quien se encuentra en Praga en una visita oficial, el 17 de febrero de 1991 se presenta a la misa Antonio Lacayo Oyangurén, en opinión de muchos el «presidente en la sombra» de Barrios, su suegra, pero en el papel es el ministro a la presidencia.
Los ex-contras lo miran con recelo. Para muchos es él quien conspira con el sandinismo en esta campaña de exterminio. Flotan acusaciones de corrupción en su contra, ninguna propiamente investigada, y sospechas por sus relaciones comerciales con prominentes líderes sandinistas.
—Doña Violeta simplemente era una figura —considera Fley—; el que movía realmente los hilos del poder, ese era Antonio Lacayo.
La investigación del Senado estadounidense lo vincula con los comandantes sandinistas Jaime Wheelock, Bayardo Arce, y los hermanos Daniel y Humberto Ortega, todos miembros de la Dirección Nacional del Frente Sandinista, funcionarios durante la dictadura y el último todavía entonces jefe de las fuerzas armadas.
Años más tarde el mismo Lacayo admitiría, en entrevista con el medio Confidencial (fundado y dirigido por uno de los hijos de la ex-presidente Barrios; es decir, su cuñado), que el gobierno de transición no tenía intención alguna de encarar al sandinismo.
Porque mientras «la gente quería que a los sandinistas se les echara presos», el ministro aclaraba que «ese no era su compromiso (de Barrios), eso no es lo que estaba en el programa de gobierno».
—Hay que ser realista y crudo —evoca Fley a Moreno por un instante—. A ella le llegaban con las quejas de que nos estaban asesinando. Y lo único que decía era «ay, hijo, sólo encomendarse a Dios». No había un esfuerzo de investigar. Por eso comenzaron los grupos a rearmarse.
~ PARTE IV ~
LA CONTRA, REARMADA
(XIII)
Recontras son los ex-contras que tomaron armas de nuevo. Recompas son los desmovilizados del EPS que conforman milicias populares ante el rearme de los recontras. Revueltos son recontras y recompas unidos en lucha común contra el gobierno.
Así los describe a grandes rasgos el informe de la Organización de Estados Americanos (OEA) de 1998 sobre la desmovilización y reinserción de la RN tras el conflicto. En colectivo, estos movimientos suponían la mayor prueba de que los acuerdos de paz habían fracasado.
Los recontras se armaban, en principio, elevando sus demandas económicas y de seguridad, las mismas que los llevaron a nombrar a Bermúdez como líder en su primer intento de acceder al proceso político en 1991.
Pero lo cierto es que los recontras surgieron no bien el gobierno civil llegó al poder en 1990.
Para finales de ese año, al menos trece grupos, con fuerza de casi mil hombres, operaban bajo esa etiqueta, «dispersos por toda Nicaragua y carentes de una organización militar bien establecida… a menudo unidos por lazos familiares y comunitarios, así como vínculos militares forjados en la guerra», según nota el informe de la OEA.
Los recompas también habían nacido con antelación.
En sus últimos meses de gobierno, el liderazgo sandinista preparaba todas sus cartas para volverse una oposición cómoda. Entregar armas de forma masiva a simpatizantes sandinistas fue parte de ese programa de transición ingeniado por los comandantes.
Sólo por disputas económicas comunes a casi todos los desmovilizados, y de forma muy puntual, es que surgían los revueltos.
Algunos de los grupos más reconocidos de esa época son las Fuerzas Punitivas de Izquierda (FPI), el Frente Norte 3-80 (FN 3-80) y el Frente Unido Andrés Castro (FUAC).
«Estos grupos se tomaban pueblos, emboscaban a las fuerzas de seguridad y atacaban a las policías en los departamentos», con los recontras ejerciendo mayor presencia en Matagalpa, Jinotega y las regiones autónomas Caribe.
La OEA notaba que «ante la inacción del Gobierno respecto al desarme civil, los ex-combatientes sintieron que se habían desarmado unilateralmente y que habían quedado desprotegidos», sentimiento que expresan todavía.
—Al gobierno lo miramos como un gobierno que nos había traicionado —admite Fley.

Si bien la administración de Barrios había otorgado unas 371 mil manzanas de tierras productivas a los ex-contras, esta cesión sólo favoreció a un 41% de los 25 mil desmovilizados de aquel bando, según reflejan los hallazgos de la OEA.
Grupos de ex-contras, como el FN 3-80, se habían alzado explícitamente por este sentir de traición, declarando sus intenciones de desestabilizar e incluso derrocar al gobierno de Barrios.
En esa tarea contaban con el apoyo moral y material de grupos de la diáspora, así como de anticastristas cubanos, ambos asentados en Miami, o al menos eso denunciaban entonces sus detractores. Ninguna investigación corroboró esos vínculos.
Las FPI y otros grupos de recompas, por su parte, recibían apoyo material del Ejército, como admitirían años después algunos de sus integrantes.
La historia registrada de la época es escasa, a pesar de que los rearmados de un bando o del otro operaron incluso hasta en tiempos del presidente Enrique Bolaños, tan tarde como 2003, y puede que pasado el retorno del sandinismo al poder, como mínimo alrededor de 2014, hasta verse desarticulados por una combinación de negociaciones y la fuerza militar.
Los grupos de rearmados también captaban a jóvenes que nada tenían que ver con las viejas rencillas de la guerra, como notó en su momento la Compañía de Jesús.
Buscaban, por una vía extrema, lo que el resto del populacho: alguna salida para las angustias económicas de la época.
~ PARTE V ~
LA CONTRA, EXTERMINADA
(XIV)
Quien fuera subteniente GN y jefe del Estado Mayor de la FDN, Moreno, llamado «Mike Lima» en la montaña, cuenta hoy a por lo menos 492 «hermanos de lucha» caídos no en combate, sino «en la paz» que, al menos según se entiende en el resto del mundo, Nicaragua gozó por casi treinta años.
—Los comunistas son brutales y estos —los sandinistas— eran más brutales todavía —sentencia Moreno—. Era difícil que ellos perdonaran a algunos de los que mandábamos a la Contra.
Dicha política no concluyó con el regreso del sandinismo al poder en 2007, ni siquiera porque los grupos de rearmados dejaron de operar y menos todavía porque el gobierno prometiera «reconciliación».
Crímenes en contra y muertes sospechosas de ex-combatientes de la RN y, también, ataques dirigidos a familiares y allegados, han sido reportados a lo largo de los años sin que siquiera se abran investigaciones al respecto, al menos los que han ocurrido en Nicaragua.
En otros casos, la muerte los persigue más allá de las fronteras.

Santos Guadalupe Joyas Borge, alias «Pablo Negro», muere de un balazo en el abdomen y otro fulminante en la cabeza en enero de 2012 en una villa hondureña a menos de treinta kilómetros de la frontera nicaragüense.
Alberto Midence, alias «El Flaco Midence», acribillado a balazos el 22 de diciembre de 2013; Byron López Zeledón, asesinado el 5 de febrero de 2015; ambos ex-contras, ambos caídos en El Paraíso, Honduras, a escasa distancia de la frontera con Nicaragua.
El 12 de diciembre de 2017, el Ejército de Nicaragua asesinó a seis personas en la remota comunidad de San Pablo XXII en La Cruz de Río Grande, en la Región Autónoma del Caribe Sur.
Entre ellos estaban los hermanos Francisco y Rafael Pérez, alias «Comandante Colocho», ambos ex-combatientes de la RN que se unieron cuando tenían apenas doce y catorce años de edad.
Murieron en la masacre los dos hijos de Francisco: una adolescente de dieciséis años, golpeada, violada y luego ahorcada; y un niño de doce, acribillado a balazos y apuñalado, según el posterior testimonio de su madre y los vecinos de la comunidad.
De vuelta en El Paraíso fue asesinado el ex-combatiente Santiago Rivera Müller, alias «Tigre-León», el 21 de junio de 2019
Rivera había tomado parte en las protestas contra el gobierno sandinista en 2018, particularmente en los tranques (las barricadas que la población erigió a modo de presión en las principales vías del país) en El Cuá y Wiwilí, en el departamento norteño de Jinotega.
A la semana, en la misma localidad, fue asesinado el ex-combatiente Edgard Montenegro, alias «Comandante Cabezón», el 27 de junio. Cayó junto a su hijo adoptivo, Yalmar Zeledón Olivas, emboscados y acribillados con fusiles AK-47 —arma de reglamento del Ejército de Nicaragua— cuando viajaban por carretera en una motocicleta.
Ambos habían participado en las protestas y tranques junto a Rivera.
Casi un mes después, el 13 de julio, Francisco Sobalvarro, alias «Berman», fue asesinado a balazos en su propia residencia en la misma localidad. Sobalvarro también había participado en las protestas y esfuerzos opositores de su natal El Cuá, Jinotega, en 2018.
Al año siguiente, en 2020, fue asesinado el 6 de diciembre Gerardo de Jesús Gutiérrez Gutiérrez, alias «Comandante Flaco», misma zona. Le encontraron doce balazos distribuidos entre el pecho, la cabeza, el cuello y en una de sus manos.
El último de estos asesinatos ocurrió el 28 de octubre de 2024, cuando Jaime Luis Ortega Chavarría fue ultimado a balazos a escasos 10 kilómetros de la frontera con Nicaragua en una comunidad de Upala, Costa Rica.

Ortega Chavarría era opositor al sandinismo involucrado en el Movimiento Campesino articulado en contra del proyecto del Gran Canal Interoceánico de la Segunda Dictadura Sandinista. También era ex-combatiente desmovilizado de la RN, que lo conoció como «Comandante Halcón».
En cada uno de estos casos, ningún sospechoso ha sido identificado en calidad oficial, ninguno de los gobiernos extranjeros han podido ofrecer respuestas y el de Nicaragua sigue silente.
En esos crímenes es como si los verdugos hubiesen desaparecido en el éter o, más seguramente, al otro lado de la frontera con Nicaragua.
—Sí, son crueles, son crueles —repite Moreno—. Esta gente es cruel.
~ EPÍLOGO ~
(UN RELATO DEL) NACIMIENTO DE LA CONTRA
(XV)
El soldado ya no es subteniente porque ya no existe la Guardia Nacional. No ha existido desde hace más de tres años. Pero la camaradería del cuerpo extinto todavía vive en los diez oficiales que lo acuerpan al saber que fue cadete de la EEBI.
La casa de seguridad alberga al Estado mayor de lo que será, con el tiempo y la constancia, la Resistencia Nicaragüense.

Tuvo que eludir a agentes sandinistas en su viaje desde Guatemala. Habían intentado deportarlo, pero suficientes oficiales hondureños simpatizan con la causa de los guardias convertidos ahora en guerrilleros.
Los diez ex-guardias discuten entre sí, otros siete hombres de diversos trasfondos se inmiscuyen, intentando determinar cómo proceder. Ahora, de ser ejército organizado, pasan a organizarse como insurgentes.
Tenían en la mira a los campesinos descontentos con las tendencias marxistas del nuevo régimen revolucionario en Managua, algunos de los cuales habían peleado contra Somoza incluso, contra cada uno de los 427 —de seis mil— soldados y los 44 —de mil doscientos— oficiales que quedan de aquel ejército.
Los veteranos van en círculos. No conocen la guerra que les espera. Pero el soldado tiene clara la vía. Recuerda cómo los subversivos tomaron su barrio en Managua. Con los fusiles habían hecho el trabajo físico, pero el arma blandida, el arma que botó a Somoza, el arma que ahora contempla el soldado, no tiene cuerpo ni cañón.
«El terror», reflexiona en sus pensamientos. «El terror contra nuestro enemigo».
(XVI)
—¿Es cierto lo que dicen de la Guardia? —preguntamos a Moreno.
No evade la pregunta. Ya sabe que hablo de los abusos de los que ya todo mundo ha oído hablar: las ejecuciones extrajudiciales, las detenciones en calabozos, las torturas. Son cargos que, en distinta clave, según convenía, enfrentó igualmente la RN en el campo de batalla mediático contra la propaganda sandinista.
—Mirá —contesta, ordenando todavía las ideas—, en la guerra lo primero que se hace, lo primero… para tener la consciencia para matar a otro ser humano, es deshumanizarlo.
De modo que —nos explica— el Guardia no mata a un hombre, sino a un subversivo; el Contra no mata a un hombre, sino a un piricuaco; el guerrillero no mata a un hombre, sino a un esbirro; ni el sandinista mata a un hombre, sino a un perro somocista.
—La Guardia era compuesta por hombres igual que el Frente Sandinista —continúa Moreno—. La Guardia era el mismo manojo de pobres. Los mismos pobres que desgraciadamente se metieron a la Guardia buscando un sueldo, buscando trabajar.
En la RN, admite, hubo individuos desenfrenados, como Pedro Pablo Ortiz Centeno, el «Comandante Suicida», que desde antes incluso de organizada la resistencia se había dedicado al abigeato y al pillaje con una tropa de sobrevivientes y oportunistas.
Y estaban otros como Bermúdez, a quien conoció en aquella casa de seguridad en Honduras: «cordial, de buenas maneras y caballeroso, decidido, siempre dispuesto a dialogar e intercambiar impresiones e ideas con una objetividad única».
La vasta mayoría, sin embargo, eran los mismos campesinos. Los cuatrocientos y pico de guardias, con sus luces y sombras, palidecían ante el torrente de labriegos y agricultores que de un modo u otro fueron lacerados por el sandinismo.
—Éramos gente normal —considera—. La crueldad se desarrolla en la guerra. Varios elementos de los miembros de la Guardia Nacional como de los ex-sandinistas tuvieron el valor de enfrentar al proyecto avasallador comunista por la vía armada. En ello fueron impulsados por el amor a Dios y a su patria.
Voltea la cabeza y escucha el llamado de su hermana. Se levanta de la silla, apoyándose en el brazo izquierdo —el derecho lo perdió por una granada en 1983; «otra historia», dice él—. Debe dejarnos ahora. Su familia lo está llamando para almorzar.
—Yo cuento todo esto por interés de que le sirva a otros. Me tocó a mí vivirlo y ojalá le sirva a la gente para entender que… que las guerras son guerras —asevera—. No las justifico ni las acepto; son guerras —reitera—. Nada más te puedo decir.
