No puede volver la izquierda a Nicaragua

Lento pero seguro se acerca el final de la peor de las tiranías que han aquejado a Nicaragua. El sandinismo ha derribado todos los puentes, ha gastado todo el capital político que acumuló, ha dilapidado toda la buena voluntad que —injusta y erróneamente— alguna vez el país y el mundo le entregaron. Pero la muerte del partido no será la muerte del peligro.

La derrota del sandinismo no implica de forma automática el principio de un futuro dorado para nuestra nación. De hecho, temo que será poco más que el alumbramiento de un periodo turbulento, otro más, en el que habrá de actuar decisivamente, como debió haberse actuado en el interregno de 1990 a 2007.

Esto porque, desde hace décadas, el sandinismo ha mutado. A la vez que la línea hegemónica se transformó en una cleptocracia menos ideológica, menos purista y más particular, dinástica, la línea alterna de los «renovadores», y de otros grupúsculos de similar linaje izquierdista, han ido construyendo una distancia, han ido lavándose la cara.

Lo han logado con la colaboración de los medios de comunicación y con los intelectuales que se cuentan en sus filas, ambas esferas infestadas de sandinismo luego de que la verdadera intelligentsia nicaragüense fuese exterminada o exiliada a partir de 1979.

Pero sobre todo lo han logrado porque no existe un esfuerzo genuinamente derechista organizado en el país. El Frente Sandinista, con apoyo de la supuesta derecha liberal, exterminó cualquier posible oposición seria a estas corrientes.

Todo el aparato político de la Nicaragua post-sandinista ha sido orientada al exterminio de la derecha. Pero insisten todavía los izquierdistas en que el verdadero izquierdismo no ha sido intentado. En verdad, no sólo ha sido intentado, sino que ha tenido un éxito tal que incluso nuestra supuesta «derecha» no es otra cosa que un reactivo impulso de volver al arnoldismo o al chamorrismo, según a quien se le pregunte, en vez de construir una visión positiva.

La única diferencia entre el proyecto sandinista de Ortega y Murillo, y el proyecto «democrático renovador» que impulsan los intelectualoides es cuán desnuda está la dinámica del pillaje y la degeneración del tejido social, y cuánto se creen ellos mismos la fachada exterior de buenhechores y justicieros.

En otras palabras, jamás se cuestiona el fundamento central de la ideología sandinista, que no es otra cosa sino el saqueo de la cosa pública para empoderar a la masa amorfa, compuesta de criminales y réprobos, y con su peso persistir en el poder a perpetuidad, a costa del músculo productivo del país, de modo que este lentamente se erosiona. Es la ideología del parasitismo y lo demás —el pobrismo, el hembrismo, el indigenismo— son mecanismos del parásito para que el cuerpo no lo purgue.

Más bien el desacuerdo es a veces estratégico, pragmático (no quieren que sea tan obvio y visible el robo, para que pueda continuar); otras veces, de naturaleza doctrinal (quieren incluir amás grupos clientelares, como a los transexuales o a los indios moscos); y otras veces, no es más que la envidia natural de estos individuos que, tras ser apartados del poder por el Frente Sandinista de una forma u otra, resienten la estructura pero únicamente porque quieren dominarla para su beneficio.

No vamos a encontrar en ellos condenas honestas de los peores abusos de la Primera Dictadura Sandinista porque, para empezar, sus condenas contra la Segunda nacen no del rechazo a las ideas que motivaron semejante carnicería y saqueo como los ejecutados por el Frente Sandinista, sino al método y a la apariencia.

En otras palabras, el nuevo sandinista no está en desacuerdo con el viejo en lo que respecta a robarte tu casa, a quitarte tus bienes; no está en desacuerdo con dejarte sin empleo ni con dejar la economía por el suelo con tal de beneficiar al lumpenproletariado; ni siquiera podemos decir que está en contra de acabar con tu vida, dado el odio visceral que expresan contra sus enemigos por simplemente hacer preguntas.

No; en todo caso, quieren hacer aún más todo eso —y sólo los detiene la impotencia— porque entienden al Frente Sandinista como un partido que «se vendió» al pragmatismo y a las necesidades del poder, mientras que ellos se presentan como puros y de fe inquebrantable, lo que alguna vez fue el partido, dicen ellos, cuando, en la década del ’70 o del ’80, incluso siendo terroristas y tiránicos, de algún modo todavía eran «los buenos».

El nuevo sandinismo es de cierto modo más peligroso que la figura decadente del sandinismo de Ortega y Murillo. El nuevo sandinismo quiere robarte, quiere empobrecerte, quiere reprimirte tanto o más que el anterior, pero quiere hacerlo de forma «democrática». Es decir, de una forma que sea más o menos aceptable para el resto del mundo —«la comunidad internacional», «el orden internacional basado en reglas», aunque ahora agonice—, ahorrándose así tener que adaptarse a las presiones externas que tanto aquejan al sandinismo ortodoxo.

Ejemplo de esta ambición es la España bajo el desgobierno Partido Socialista Obrero Español (PSOE) del viperino Pedro Sánchez, una coalición de puteros, comunistas, terroristas y demás personajes usuales al izquierdismo que buena parte de la última década ha desatado la corrupción, la disfuncionalidad y la discordia social por toda la madre patria, y en cada instancia ha logrado anteponerse a la voluntad popular, y ha maniobrado para excluir a cualquier oposición, todo de forma perfectamente democrática, al menos en lo que respecta a sus partidarios.

Bajo ninguna circunstancia puede Nicaragua entregarse a semejante destino, pero me temo que es difícil vislumbrar una alternativa, dados los perfiles que desfilan en lo que se dice «oposición», la falta de organización y de números en lo que pudiéramos llamar «derecha» todavía, y en general la poca calidad del capital humano que permanece en Nicaragua tras tantos años de degradación sandinista.

El sandinismo no va a soltar al país tan fácilmente. Incluso si pierde el poder formal, va a utilizar cada arma a su disposición. Estas son muchas. Así, pues, no se sorprendan cuando vean a los restos del Frente Sandinista marchando lado a lado con la izquierda multicolor en nombre de políticas destructivas tanto a nivel económico como a nivel social. Son todos hermanos de lucha y aunque pugnen ahora, al final del día son compañeros, militantes; ¡caníbales, caníbales todos!

Cualquiera que se considere a sí mismo nacionalista, cualquiera que se entienda derechista (y estos se encuentran, sobre todo, en el exterior) tiene que hacer lo posible para organizarse. Si valoran la libertad que pronto, de un modo u otro, nos llegará, y si desean que sus hijos y nietos la gocen, la principal prioridad ha de ser ubicarse en posiciones de poder, avanzar cada quien en sus carreras, para dar todos el empujón y neutralizar al enemigo izquierdista.

La población, que repudia al sandinismo por instinto, pero a la vez carece de la formación necesaria para identificar discursos subrepticios de genealogía sandinista que prometen utopías, y es susceptible a ellos en la medida en que quiere hacer el bien, responderá a esta acción coordinada pero sólo si es disciplinada y se presenta en términos que puedan entender. Seguramente habrá que fundar otro partido o bien capturar uno ya establecido, que ya atraiga a una base de antisandinismo con cimientos.

No va a ser fácil la tarea, pero es de extrema necesidad en esta hora tan tardía. De no realizarse, quién sabe si a futuro habrá una Nicaragua que podamos reconocer. Quién sabe si podremos llamarla nuestra patria.