Texto de Pedro Senconac.
No es hipérbole decir que lo que se conoció como República de Nicaragua, aquel proyecto ilustrado y liberal nacido formalmente en 1838, murió un 17 de julio de 1979, el que sus asesinos llaman «día de la alegría».
Tuvo una vida triste y miserable, con pocas luces ahogadas en la oscuridad de la guerra y el desastre, impedido su brillo por las confusiones ideológicas y hasta teológicas que nos propició esa misma herencia liberal a nosotros, un pueblo de añoranzas monárquicas.
Lo que vino después no puede en ningún modo llamarse sucesor de aquel proyecto. No fue el Estado revolucionario, con todo y que se negó a proclamarse como tal entonces, ni cerca un heredero de la tradición, escueta como era, que se venía construyendo desde los tiempos de Jerez Tellería y Martínez Guerrero.
Primero porque negaba el fundamento liberal de la gobernanza nicaragüense, viciando su principio igualitario y creando nuevas dolencias. Segundo, porque fue en esencia una revuelta contra la virtud.
El sandinismo se constituye fundamentalmente del resentimiento por los mejores, los más capaces, los líderes naturales. Ciertamente lo hereda del liberalismo, cuya envidia y saña contra los superiores de entonces —los nobles por herencia— no fue menos intensa. Pero mientras que entre las élites de la Europa del ancien régime eran muchos decadentes y sin propósito a causa del propio crecimiento del Estado unicéfalo y su burocracia, el sandinismo se erigió contra una élite que había probado tener un mandato, si bien no perfecto, por lo menos competente.
Mucho más competente que el suyo, en ello sí hay certeza.
La Nicaragua dominada en intervalos más o menos regulares por el Partido Conservador y el Partido Liberal, luego el Partido Liberal Nacionalista, poseía una élite natural. Un sector de esta élite, más bien pequeño ha de decirse, tuvo el interés de convertir al país en algo digno de presumirse. Con todas sus faltas, también sus caudillos puede decirse que apuntaban más que al enriquecimiento personal. Son innegables la probidad y diligencia de Tomás Martínez, el idealismo y fortitud visionaria de José Santos Zelaya, la astucia y mando unificador de Anastasio I Somoza, la iluminada mano del erudito Luis Somoza Debayle y la mesura quizá excesiva de Anastasio II.
¿Qué podemos decir de la nueva «élite» del sandinismo?
Ladrones ante todo, muchos de ellos pedófilos y violadores también. A merced de sus aberrantes apetitos, el país fue dilapidado una y otra vez, y sigue siendo vendido como una vulgar prostituta. Todos ellos son caníbales y no puede decirse que el partido sea otra cosa más que una banda criminal.
¿Hubo idealismo? Tal vez para el soldado de a pie, el mismo que ahora camina bajo el sol ardiente, su cuerpo misérrimo y colmado de mórbido estupor, sus manos llenas de sangre y el estómago vacío. Le duele la panza cuando grita «¡Daniel se queda!», mas no tolera las náuseas cuando ve el rostro de aquella bruja que entregó a su propia hija por mantenerse en el poder.
No existe proyecto político en el sandinismo. En ninguna clase de sandinismo. No es otra cosa que un esquema de expoliación, de violación y servidumbre. No puede haber república —si es república lo que queremos— mientras haya sandinismo porque este subvierte ineludiblemente los valores de la misma república, de modo que la libertad se convierte en libertinaje, la igualdad en resentimiento y la fraternidad en parasitismo.
Fue por esta razón que la república de los liberales no prosperó. Podemos culpar a Alemán todo lo que queramos. Es justo y preciso. Pero sin el Frente Sandinista, el pacto hubiera quedado en corrupción y nada más.
En cambio, se convirtió en un vehículo para la reconquista del Estado por parte del Frente Sandinista. La infección no fue tratada y las heridas abiertas de aquella década perdida empezaron a supurar.
Y todavía hay quien, diciéndose republicano y liberal, tiene el descaro de compartir la «alegría» del sandinista al asestar fatal estocada al cuerpo mismo de la república. Cuando pase la tormenta, no habrá árbol en pie tras cual puedan esconderse.
El sandinismo se ha asegurado de polarizar tanto al país, y el mundo ha cambiado y sigue cambiando tanto ahora, que hoy, si bien improbable todavía, es cada vez más posible una reversión brutal de curso. Muy pocos nicaragüenses creen ya en la democracia, habiéndoles fallado y ultrajado.
Han comprendido muchos, aunque no lo pongan en esos términos, que ningún gobierno democrático, ninguna facción decentita y bien vestida, tiene los anticuerpos necesarios para contrarrestar al sandinismo. Sólo ha habido en la historia del país dos movimientos que han podido hacerle frente: el somocismo y la Resistencia, la Contrarrevolución, que a su vez era de legado somocista.
Hace más de cuarenta y cinco años la esperanza y el futuro nos dejaron en avión. Hoy nos lamentamos, pero el miedo, les aseguro con una confianza inmensa y profunda, va a cambiar de bando.
