El pueblo pequeño y la grande noche

Lo que sea que una a la Nicaragua de 1821, la que nació adherida a la Federación, o a la de 1838, la sola e independiente, con el aborto que ahora lleva el nombre desde 1979, está arruinado. Nicaragua entera vive en las ruinas de una civilización superior que, instada por naciones y organismos extranjeros, pero también, en cierta medida, por mano y decisión propias, ella misma decidió aniquilar.

La idea de las ruinas no es tampoco un recurso narrativo nada más. Por toda Nicaragua encontramos las ruinas de un mundo distinto: edificios y monumentos remendados o dejados a pudrirse, restos de industrias, de caminos, la seña difusa de donde alguna vez pasó un ferrocarril, y todas estas ruinas invariablemente tienen más de cuarenta y siete años.

De no tener acceso a la historia, bien pudiéramos pensar que las hicieron gigantes, como hicieron alguna vez los arcádicos helenos primigenios de las ruinas micénicas. Pero la ruina va más allá de lo físico y se adentra en lo político, y hasta en lo filosófico.

El Estado liberal fue asesinado, en su lugar un Estado revolucionario intentó —y sigue empeñado en— moldear a Nicaragua a su imagen y semejanza, imponiendo en ella formas degeneradas; la haraganería, el victimismo, la descortesía, el provincialismo, la «viveza» y la informalidad fueron elevadas a virtudes. Ha llegado a tal punto que estándares de conducta tan mínimos para el funcionamiento de la sociedad, como la puntualidad, se consideran ajenos al nicaragüense y esto es motivo de risa; todo parece ser motivo de risa.

Cualquier buen hábito cultivado arduamente en los cuatro siglos y medio de etnogénesis que dieron lugar a este subgrupo de centroamericanos es ahora una imposición extranjera, un atentado a la «idiosincracia», una «aburguesamiento», todas cosas que equivaldrían a crímenes en sí mismos, a su ver.

Ahora el pecado original fue encontrado en la superioridad, sea innata —porque hay tal cosa como individuos nacidos con más de esto y de aquello— o, peor todavía, la que se adquiere con el trabajo y la disciplina. La Nicaragua del tardío siglo XX, la Nicaragua «liberada» por los revolucionarios y sus facilitadores, es una Nicaragua resentida, conformista; una Nicaragua que se regocija en su propia pequeñez.

Compárese lo que pensaba un ilustrado como Darío, que nos invitaba a soñar una Nicaragua grande, con el imaginario abajista de Carlos Mejía Godoy, quien con orgullo cantábale a la obra política de asesinos, asaltabancos y secuestradores: «yo soy de un pueblo pequeño, de un pueblo sencillo, que de tando haber sufrido tiene mucho que enseñar».

Y la máxima es cierta, al menos de esta triste época de nuestra historia. Este pueblo pequeño construye en pequeño, opera a pequeña escala, sueña siempre en pequeño. Insiste en deplorar lo grande, lo glorioso y todo lo procesa desde y para la mayor victimización suya y la de otros. Gran gozo le supone identificar a los aplastados, a los derrotados, que incluso cuando es él quien gana, lo hace sólo y antes que nada gana por causa del ultraje, real o percibido, al que habría sido sometido, y sin dicho ultraje no se entiende completo.

Tanto así que llega a encontrar abusos innombrales en lo que son experiencias universales como la conquista y la jerarquía, y es incapaz de reconocer su participación en dichas empresas. También es esto porque carece de una verdadera consciencia histórica, ya que toda la historia que le importa nace en 1979.

De modo que este pueblo sencillo se cree hijo del indio ahorcado por insurrecto más que del indio conquistador. Se cree hijo de la india violada pero no del español violador. Y en los últimos tiempos llega al ridículo de creese hijo del guerrillero revolucionario, pero no del operador que ordena asesinar en nombre de la revolución, y no se da cuenta de la contradicción, ni siquiera cuando se trata de la misma persona en ambos lugares y tiempos.

Esta es también la Nicaragua que el mundo impulsó y reconoció, en contraposición a la Nicaragua vieja, tan elusiva ahora, tan alienígena. Es la Nicaragua por la que europeos e hispanos vinieron a dejar el sudor, las lágrimas, otras veces la sangre, y muchas veces es la única que piensan legítima, porque es la única que se permiten entender, de modo que cuando esta misma adquiere una tonalidad distinta, sin dejar de ser ni roja sangre ni negra muerte, se piensan que debió haber habido una traición, un desvío en algún punto. No hubo tal cosa.

La batalla entonces es cuesta arriba y los que pelean, o más bien los que dicen pelearla, por norma general no saben ni dónde está el campo de batalla. Han dejado al enemigo entrarles al campamento. Pudiese decirse que han perdido antes de siquiera pelear, y no estamos seguros de que realmente vayan a pelear o que quieran pelear. Ya tuvimos bastantes promesas vacías que acabaron en muerte.

Ya va más de una generación adundada por una deliberada concepción de la educación en términos de utilidad política, y por un ambiente de incentivos siniestros también en pos de maximizar la utilidad política. Toda Nicaragua padece de un acalambrado devenir; todo, todas y cada una de las esferas de la vida, todas operan mal, todo se maneja mal, todo se puede dilapidar, todo está apenas puesto a lo justo para poder decir: «funciona», «me sirve», y nada más.

Y más que adundadas, insistimos, degeneradas, porque la calidad misma de la mente —y acaso también del cuerpo— del nicaragüense decae en las condiciones materiales y sociales. Si bien el coeficiente intelectual es innato en gran medida, la nutrición y el ambiente son vitales para su desarrollo y para el desarrollo de la psique toda; y, más allá de eso, para la constitución de toda la persona en un sentido holístico. El primero de esos elementos, en Nicaragua, por diez años fue de subsistencia para la amplia mayoría y el segundo fue de guerra y perpetua movilización, ambas dos grandes «conquistas de la revolución». Las tres décadas siguientes sólo podían mejorar por aquel sumidero de progreso; cualquier otra cosa hubiera sido inaceptable, por lo demás.

En este el aniversario del triste fin de un imperio centenario en la América Media —y no triste porque fuera el imperio universalmente benigno, sino porque, en retrospectiva, era la única forma de unidad que hemos comprendido—, los nicaragüenses vivimos todavía la grande noche oscura de la que hablaba don Alejandro Bolaños, que en verdad no ha terminado y ha continuado oscureciéndose.

Si ya era difícil celebrar antes una independencia que, en la práctica, no significaba mucho, porque ya lo que unía a la nuestra con aquella Nicaragua había sido cercenado, lo es más ahora que la ruina parece terminal. Los poderes que alguna vez intervinieron diplomática, económica y hasta militarmente para traernos «democracia», «dignidad», «justicia» y «libertad» de cara a un régimen imperfecto, pero productivo, no tienen ningún interés en involucrarse fuera del mínimo absoluto contra la maquinaria más perversa de despojo y pillaje alguna vez concebida en territorio nicaragüense. Una maquinaria por la cual son también ellos —los países, las organizaciones, los colaboradores— corresponsables.

Este es, pues, el quince de septiembre más triste, como lo fue el anterior y el anterior a ese, y así por ya casi cincuenta años. Más que triste, es criminal, porque nos rehusamos a vernos en el oprimido y en el impotente, y lo que celebramos es nuestro heroísmo y nuestro poder. Somos hijos de un imperio, hijos de los verdugos del filibustero, hijos de los civilizadores de la Mosquitia, hijos de regímenes libres, fuertes y durables que impusieron el orden sobre repúblicas fallidas y erigieron un país moderno, orgulloso, sobre la tumba de caudillos provincianos y esbirros revolucionarios por igual.

Obligarnos, pues, a vivir entre las ruinas, ese es el verdadero crimen de lesa humanidad.