II Reporte de situación

Otro aliado de la dictadura ha sucumbido al poderío militar de los Estados Unidos.

Tantos años de discursos beligerantes se esfumaron bajo el fuego de las bombas judeo-estadounidenses, demostrando que la capacidad de resistencia de los regímenes «anti-imperialistas» no era otra cosa que la capacidad de convivir bajo una cierta clase de imperialismo desdentado, lleno de subterfugio y esclerosis.

No supusieron, pues, en ningún momento una vía real para desafiar al orden mundial imperante. No llegó auxilio alguno de Rusia o de China;

El poder de los Estados Unidos como imperio por muchas décadas permaneció maniatado, sólo desatado por ocasionales líderes de cierto tipo, e incluso entonces con mucha dificultad, a causa de una casta nebulosa de intereses no necesariamente alineados con el mismo núcleo de la nación norteamericana.

La verdadera revolución o, más bien, reacción, que trajo consigo Donald Trump, devuelve a este imperio su verdadero rostro: el del poder inimaginable al servicio de una nación bien definida.

En ALBARDA muchas veces nos posicionamos contra los Estados Unidos en tanto su condición de imperio incoherente, difuso e informal lo ha puesto en contra del bienestar de Nicaragua.

No nos oponíamos, pues, a la presencia de Estados Unidos en el país per se, ya que de muchas formas nos beneficiamos de su cooperación, sino a su parasitaje y envenenamiento de la nación nicaragüense oculto en el lazo de amistad y cooperación anti-comunista en el que se cimentó, tras el ajusticiamiento de Sandino, nuestra relación diplomática.

Pero la estructura de poder que traicionó al somocismo y que intentó envenenarnos no sólo con las doctrinas extrañas de la ideología de género o el feminismo en las últimas décadas, sino en primera instancia con el mismo sandinismo, va cayendo ahora bajo el peso del trumpismo, que renueva un combate interno por el destino y la identidad de esa nación no visto desde tiempos del gran Richard Nixon.

Ante todo, celebramos el surgimiento de un poder predecible, un poder con el que se pueda negociar, un poder que ofrezca beneficios tangibles y cuyos intereses puedan acomodarse a los nuestros, como antaño supuso los Estados Unidos para Nicaragua. Encontramos en la Columbia de Trump este poder.

En otras palabras, no podemos sino alabar el nacimiento de un genuino imperio norteamericano que actúa como cualquier imperio debe actuar: de forma visible, predecible y productiva. Ya que ansiamos desde hace tiempo un poder libre, fuerte y durable a escala nacional, lo recibimos amenamente también a escala internacional, y al no poder nosotros, por ahora, construir semejante poder, reconocemos a quienes ya lo han construido como hegemón del continente.

Como dijimos en el primero de estos reportes y en anteriores entradas: el mundo ha cambiado y la dictadura no va a poder adaptarse. Ya no pueden estar tranquilos los tiranos de El Carmen tras sus títulos de jefes de Estado; el destino de aquellos que amenazan la Pax Americana, desde el más pequeño hasta el más poderoso, es el cautiverio o la muerte.

Es hora de que la dictadura entienda que su única salida es ceder, pero no contamos con que cedan. No lo queremos tampoco. Sería demasiado fácil para ellos. Viendo el bloqueo que aqueja al régimen cubano desde finales de enero, tras el derrocamiento de Nicolás Maduro, entendemos que los nicaragüenses sufrirán, ¿pero no han sufrido ya por más de cuarenta años?

No es cuestión de que lo queramos o no. Es inevitable a estas alturas que el último sacrificio para librar a este país de la casta sandinista será uno de sangre, sea por mano de la propia población —que dudamos mucho ocurra— o como colateral cuando empiecen a caer las bombas sobre Managua.

Entonces sólo nos quedará estar bien posicionados para asegurar el futuro de esta nación. Nos sentimos muy incómodos con la clase de líderes que tenemos frente a nosotros en la oposición. Sería una genuina tragedia lograr liberarnos de la tiranía sandinista sólo para que se geste un ambiente político ignorante del giro que está dando el mundo entero hacia formas de gobierno más óptimas, como el bukelismo en El Salvador, las transformaciones de Javier Milei en la Argentina o la III República que asoma la cabeza en Costa Rica.

Peor tragedia todavía sería permitir que el sandinismo vuelva a arrastrarnos a su oscuridad.

No podemos, por ahora, comentar individualmente de la oposición. Eso lo haremos a su tiempo, una vez la encontremos más definida. Lo que sí podemos decir es que, por extraño que parezca a nuestros lectores de más vieja data, ahora nos abrimos a la idea de un sistema democrático como vehículo pragmático para lograr los objetivos de la albardanería.

Si en un principio nos decantábamos por el autoritarismo, era sólo en la medida en que la democracia se planteaba como un sistema rígido y cerrado a todo cambio que no fuera hacia la izquierda y al servicio de las fuerzas anti-civilización. Entendemos que este ya no es el caso.

La democracia del nuevo mundo es la democracia del trumpismo, la democracia que entregó a Bukele un poder casi absoluto, la democracia que ha enterrado a las facciones subversivas bajo el peso de una demanda popular e incuestionable de orden y progreso económico. Creemos capaz de cabalgar esta realidad a un movimiento afín a nuestras ideas que bien podría surgir del seno del liberalismo, como hizo alguna vez Somoza, quizá desde las secciones más radicales de Ciudadanos por la Libertad, o quizá de donde menos lo esperamos.

El momento de teorizar y de las palabras está pasando. No hay teoría política que sobreviva prístina a la realidad del poder y eso lo tenemos bien interiorizado. Quizá la próxima vez que oigan de nosotros ni siquiera se den cuenta. No se olviden entonces de votar a consciencia por el bien de Nicaragua.