Reporte de situación

El sandinismo se tambalea y no por otra cosa más que su propia arrogancia.

No hay mérito alguno en ningún relato grandioso de gestas no violentas pero heroicas tan común al Zeitgeist liberal en el que nos formamos. No ha servido de nada la «resistencia ciudadana».

Lo poco que se logró —hasta ahora una mínima excarcelación de presos políticos, y el pánico de la dictadura ante la posible pérdida de un aliado— no se logró ni con activismo ni con la burocracia derechohumanista.

No se logró siquiera por algo que nos concerniera directamente, sino como mero efecto colateral de un Estados Unidos ascendente con Donald Trump a la cabeza, el mismo hombre que por ya una década entera nuestra oposición ha deplorado y calumniado como un «fascista» y un «racista».

El golpe que recibió el sandinismo con la captura de su aliado, el dictador venezolano, Nicolás Maduro, y el sometimiento aparente del chavismo no ha sido fatal, pero le ha recordado, después de tantos años de impunidad, que las bestias de su clase también sangran.

En otras palabras: el esfuerzo opositor ha sido un completo, absoluto, titánico fracaso, por lo menos en lo que más importa, que es derrocar a la dictadura y extirpar al sandinismo del seno de la nación.

Ha servido la agresión estadounidense para recordarnos algo que muchos han parecido olvidar y es que la violencia funciona. No en sí misma, sino en su aplicación organizada, inteligente, e incluso inclemente, y sólo porque no estemos en posición de ejercerla significa que este no sea el caso.

Tan sólo admitir esta verdad incomoda a gran parte de la oposición. Cuando hubo la oportunidad para que esta violencia fuese organizada (en 2018), se desperdició en nombre de una fantasía de no violencia sacada de algún documental de Netflix.

Entedemos, sin embargo, el propósito de esta cara pacifista. El músculo de la Resistencia Nicaragüense fue aplacado (de esto hablaremos en unos días) y los que son capaces de la violencia necesaria para acabar el régimen ahora —los grandes poderes— han insistido hasta hace poco en no usarla, menos todavía si quienes más la requiren la piden explícitamente.

Pero el mundo está cambiando. Vemos a Trump alabar la violencia contra las fuerzas represoras iraníes en lo que ya es un levantamiento en toda regla, además de los bombardeos que en Caracas neutralizaron a más de un centenar de soldados chavistas e incluso mercenarios cubanos cuando extrajeron a Maduro.

Nos encontramos, pues, en el momento de la expectativa. Lo que llamamos «el pueblo» ha sido llevado a un punto de sumisión tal que lo único restante es esperar una solución exógena. Y esta parece ser la intervención extranjera.

Nosotros en ALBARDA nos hemos posicionado en contra de la injerencia extranjera desde el principio, en tanto esta injerencia supone una erosión de la nación en un sentido fundamental. Pero no podemos ignorar que esta misma erosión ocurre por factores y agentes internos a un ritmo y con una gravedad por mucho superior.

En otras palabras, sería incoherente denunciar una potencial rapiña estadounidense de nuestros recursos cuando ya el sandinismo facilita la rapiña de la China comunista; sería un sinsentido anticipar la posible muerte de nicaragüenses en un potencial atentado cuando ya el sandinismo ha masacrado a cientos de ciudadanos inocentes; y sería desubicado atacar la decadencia moral del anglosajón cuando ya el sandinismo ha triunfado en volver salvajes a una parte lamentablemente grande de los nicaragüenses.

Sí esto nos debería hacer reflexionar sobre la situación presente. ¿Cómo fue permitido que el país llegara a encontrarse en un estado tan patético que depende su supervivencia de los designios de un hombre tan ajeno a su realidad como Donald J. Trump? En términos sencillos, sólo puede explicarse como una traición.

No hubo falta de gente dispuesta a sacrificarse por defender a nuestro país. Hubo, sin embargo, una falta del liderazgo requerido en el ámbito político. El sandinismo pudiera decirse que laceró al país cuando empujó al exilio a algunos de los nicaragüenses más exitosos y productivos, los que no pudieron matar tras apoderarse del país. Por ello la cuestión del liderazgo es quizá la más importante que enfrenta la oposición nicaragüense y a la fecha gran parte de esta no ha podido ofrecer una respuesta confiable.

Lo único que ha podido presentar ha sido, primero, un discurso viejo y gastado que tomó de la época de la presidente Violeta Barrios de Chamorro. Un mensaje de «unidad» y «reconciliación» que entre otras cosas probó no haber unido ni reconciliado a nadie.

El legado de aquellos años es severamente incomprendido por la influencia que tuvo la familia de la presidente en la redacción de esa historia. No sólo es que no hubo paz, porque en el país operaron grupos armados hasta incluso vuelto el sandinismo al poder, como han demostrado algunas investigaciones y la memoria misma de algunos aún vivos, sino que además perpetuó una la mentira de que la unidad con el sandinismo es posible.

«La gente quería que a los sandinistas se les echara presos, se les expulsara del país» admitía ante Confidencial el secretario de la presidencia de Barrios, su yerno Antonio Lacayo.

Nunca tuvo entonces el liderazgo la voluntad de avanzar en esa demanda popular, confesó entonces: «Ese no era su compromiso [de Violeta Chamorro], eso no es lo que estaba en el programa de gobierno». En su idea de ser la «presidente de todos», Barrios terminó siendo la presidente de nadie porque, en verdad, el poder estaba en otro lado.

Advertimos, pues, una terrible asimetría que ha de tenerse en cuenta por cada opositor: mientras que usted pueda mantener un compromiso cívico basado en sus ideales, el sandinismo nunca se comprometerá porque su ambición no es la político, sino la superación de la política para imponer el programa.

En esto se fundamenta su impresionante capacidad de subvertir el procedimiento democrático que se pretendió establecer en Nicaragua. Cuando otros partidos operaban en la legalidad y jugaban por las reglas, el sandinismo las turbaba para sus propios fines.

Aquellos gobiernos liberales cometían el error de tratar al sandinismo como un partido político más y no como la expresión política del impulso anti-civilización presente en la psique del nicaragüense. El sandinismo es comprensible no tanto como un movimiento con ideales que fueron torcidos por agentes malintencionados. Es todo lo contrario: un esquema de expoliación vestido en ideales dizque nobles para apelar a personas bienintencionadas y terminar utilizándolas, empoderando a los bandidos que dirigen la operación. Es la antropofagia organizada, la forma que adquieren el resentimiento y la envidia cuando se organiza a gran escala y todo el bagaje doctrinal es accidental, no inherente.

De no haber nacido Sandino, habrían escogido otro bandolero que canonizar.

Es importante que la oposición entienda este hecho y lo único que el ciudadano puede hacer es contribuir a que lo hagan, dadas las circunstancias. Uno debe demandar que la voluntad popular sea respetada a quienes se juran sus defensores. De ser beneficiados por los Estados Unidos, son ellos los únicos que pueden evitar una tercera catástrofe sandinista.

Tendrán el mandato de acabar con el sandinismo, tendrán las herramientas y la tolerancia de la población, al menos por un momento crucial. Habrán de utilizar todo el peso de la ley e incluso recursos que la sobrepasen, y no han de albergar piedad por el malhechor herido, porque quien salva a su país no viola ley alguna.

Una vez el espacio se abra, debemos acudir al llamado y entrar nosotros, los que nos pensamos nacionalistas y hemos desarrollado esa clase de consciencia, al nuevo sistema para encaminarlo en buen rumbo.

Pero hasta entonces debemos observar, aprender y prepararnos. ALBARDA nació hace siete años ya para este propósito y aunque hemos tenido dificultades, continuamos intentando hacer lo mejor con las herramientas que tenemos, confiados, siempre, en que Nicaragua algún día será tan grande como lo fue alguna vez y cada vez más grande todavía.