Sentí una gran conmoción en la Fuerza, como si millones de voces gritaran de terror, y luego fueran silenciadas. Temo que ha ocurrido algo horrible.
–Obi Wan Kenobi, o el progresista promedio el 25 de enero de 2025
En Albarda hemos investigado con nuestros limitados medios el alcance del financiamiento estadounidense (y europeo) a causas y organizaciones progresistas en Nicaragua. Por esto muchos nos han tachado de conspiranoicos, infiltrados sandinistas y otros insultos varios.
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Cinco días después de que Donald Trump recuperase el asiento de la presidencia estadounidense, descubrimos que nuestros hallazgos eran apenas la punta del iceberg. Un silencio incómodo se ha posado sobre las redacciones de los medios y las oficinas de las organizaciones que ondeaban las banderas de un mundo nuevo sin Patria, Estado ni marido. Un mundo que posiblemente nunca volverá.
No se ha cumplido ni un tercio de los noventa días de cese que el Departamento de Estado, bajo el republicano Marco Rubio, impuso sobre la cooperación internacional de los Estados Unidos y el impacto ya ha sido brutal para el aparataje de organismos, fondos y portales progresistas.
En cambio, también han tenido que sufrir las contrapartes encargadas del apoyo humanitario y de ejercer presión política contra los rivales geopolíticos de Estados Unidos, entre ellos nuestros propios rivales, el Eje Caracas-Managua-La Habana. Esto no es casualidad.
Por años la principal defensa que erigían alrededor de la agenda progresista era una muralla de iniciativas humanitarias. La ideología de resentimiento y amargura del feminismo la escudaron con ayuda a las víctimas de la violencia; el patronazgo a la educación, la niñez y a las comunidades rurales escondía formas abyectas de izquierdismo, desde la promoción de aberraciones sexuales como la transexualidad hasta el indigenismo y el separatismo en la Costa Caribe.
Si la ayuda humanitaria ha sufrido es porque los mismos progresistas envenenaron el pozo no sólo de esta forma que explicamos, sino también a través de la corrupción. Nunca hubo un esfuerzo serio de parte del periodismo nicaragüense de fiscalizar la influencia indebida de ciertas personas y organismos en la oposición. Jamás se cuestionó que, por ejemplo, un costarricense recibiese compensaciones de más de ciento treinta mil dólares estadounidenses por exigir altisonante en redes sociales y webinars que Nicaragua debía ser más cochona, como logramos documentar nosotros en el caso de Carlos Quesada de Raza e Igualdad.
No dudamos en que existan otros ejemplos más escondidos, peores cosas sospechamos. Un nuevo, nuevo mundo nació el día que Trump regresó al mil seiscientos de la Avenida Pennsylvania y nuestra única reserva es que no llegara antes. El fin del paradigma progresista en el mundo ha empezado con gran promesa y su máscara de resiliencia yace hecha pedazos con cada medio y ONG que admite que su existencia deriva del dinero estadounidense.
La red de clientela mundial de los Estados Unidos bien podría redirigirse a iniciativas conservadoras y reaccionarias, pero con que colapse el andamiaje progresista bastará para muchas naciones por mucho tiempo agobiadas, batallando por mantener su esencia de cara a corrientes intensas de destrucción y transfiguración.
Países como El Salvador, con un líder visionario y fuerte como Nayib Bukele, sin duda prosperarán. Pero para Nicaragua la situación es más compleja. El sueño del progresismo siempre fue suplantar la hegemonía sandinista y no hubo una derecha capaz de enfrentar ese reclamo al título de «oposición». No sabemos todavía si la administración Trump tiene intenciones de redirigir el financiamiento a causas y organizaciones de derechas; de poco serviría, porque en Nicaragua no existen tales causas u organizaciones. Habría que empezar de cero, construyendo una prensa derechista, ONGs y laboratorios de ideas derechistas, personalidades y líderes derechistas.
También esto dependerá de los planes de presión que la administración Trump tenga hacia las dictaduras de izquierda en la región, de los cuales no sabemos mucho y que es posible sean muy limitados más allá de la presión indirecta que supone el plan de deportaciones masivas en términos económicos. Todo seguirá igual por lo pronto en el esfuerzo opositor, salvo que ahora los medios de comunicación, las ONGs y los políticos opositores deberán verse al espejo y reflexionar.
Primero los medios de comunicación deberán cuestionarse si su agenda progresista vale más que su misma existencia; yo les recomendaría pedir clemencia, dejar a un lado esos desvaríos y continuar reportando sobre lo que pasa en Nicaragua sin necesidad de impulsar una agenda ya de por sí impopular en el país.
Para las ONGs es más difícil. Muy pocas podrán moderarse porque su razón de ser siempre fue el progresismo. Ahora sus encargados deberán entender que jamás hubo lugar para ellos, al menos no en Nicaragua y ciertamente no en buena parte del mundo. Dudamos de que sean siquiera capaces de reflexionar. Muchos seguirán peleando para continuar en «la lucha» porque su estilo de vida y su estabilidad mental dependen de ello.
Tampoco de los políticos y líderes opositores esperamos nada. Si mañana aparecen copiando los puntos de vista y las críticas de Albarda, no estaremos contentos. Su trabajo es mentir y aparentar, eso lo tenemos claro. Una nueva generación debe tomar la antorcha, pero esos muchachos todavía está formándose. Por ahora no pueden competir con la educación y el bagaje de tantas décadas de progresismo sobre sandinismo que dejaron anquilosadas a la academia, la política y la cultura de nuestro país. En Albarda siempre son bienvenidos para potenciar sus ideas. Seguimos sus carreras con gran interés.
Esta situación es equiparable a una extinción masiva. Los dinosaurios han muerto y ahora el camino se abre para nuevas formas de vida o, en nuestro caso, para nuevas ideas.
