La fusta del caudillo: Poder y reelección en El Salvador de Bukele

Texto de Román Sandino, parte de una colaboración con Idearium Caribe.

No bien abrían las fiestas agostinas dedicadas al Divino Salvador del Mundo, la bancada de Nuevas Ideas imitaba a Marco Antonio al ofrecerle a César los símbolos de poder real en la Lupercalia, sin que esto pruebe que no sea el César querido por el pueblo romano, más bien lo contrario, tome o no tome la aurea diadēma.

Ya se ha anunciado, aunque no sea la primera vez, sobre la muerte de la democracia en El Salvador. Tantas muertes ha muerto desde que asumió, en 2019, la presidencia Nayib Bukele, que uno se pregunta si realmente tuvo vida alguna vez.

Pero mientras la oposición hacía los preparativos para el funeral, tras pasar por la Asamblea Legislativa la reforma que cimenta la reelección indefinida el pasado 31 de julio, lo cierto es que los rumores mortuorios han sido gravemente exagerados.

Pongámonos en perspectiva: Bukele se encuentra a poco más de un año y un mes de su segundo mandato presidencial. La única razón por la que pudo postularse en la elección de 2024, contra la expresa oposición y hasta hostilidad de la Constitución salvadoreña,1 fue una creativa sentencia de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia en 2021.

Y cuando ese mismo año la bancada de Nuevas Ideas presentó su Proyecto de Reformas Constitucionales —por el cual los salvadoreños también votaron, al confiar al partido Ejecutivo y Legislativo—, esa sentencia fue el cimiento de la actual reforma.

La sentencia lidiaba con el hoy reformado artículo 88, entonces declarante de que:

La alternabilidad en el ejercicio de la Presidencia de la República es indispensable para el mantenimiento de la forma de gobierno y sistema político establecidos. La violación de esta norma obliga a la insurrección.

Que este artículo, con todo y su anacrónica (¡) obligación a la insurrección (!), no fuera suprimido o modificado, habla bastante de la verdadera motivación de estas reformas.

Una fe genuina

Al contrario de lo que pudiera apreciarse en base a lo reportado por periodistas y expertos, estas reformas expresan una profunda fe en la voluntad popular, en el entendimiento más llano de lo que implica la democracia.

Una fe incluso mayor que la de quienes se declaran partidarios de fuertes instituciones —algo por otro lado perfectamente razonable— pero no terminan de entender sus propios posicionamientos en la materia.

Basta con revisar el razonamiento que hace Nuevas Ideas para las reformas:

(V) los ciudadanos también participan directamente en la dirección de los asuntos públicos, cuando definen, modifican la Constitución o deciden cuestiones de interés público mediante los procesos electorales fundamentales en el sistema republicano..

(VII) conocemos muy bien, que cuando los ciudadanos participan en la dirección de los asuntos públicos por conducto de sus representantes libremente elegidos… (esta) participación por conducto de los representantes libremente elegidos, ha sido definida por la población por medio de procesos de votación regulados legalmente…

(VIII) la autodeterminación de los pueblos es el derecho que tienen éstos a decidir libremente su estatus político, sus propias reformas de gobierno, perseguir su desarrollo económico, social y cultural, y estructurarse libremente, sin injerencias externas y de acuerdo con el principio de equidad.. La autodeterminación es fundamental y la consideramos un derecho humano esencial. Este derecho… está reconocido en numerosos instrumentos internacionales.

Y las concernientes a los costos de las elecciones constantes son, también, justificadas como una forma de beneficiar al pueblo.

No es nada nuevo, dirán, que se blanda al pueblo para apuñalar a la democracia, pero es precisamente ese el asunto: en vez de asumir que se hace con cinismo, analicemos lo que estas reformas plantean realmente.

Primero se facilita la victoria electoral, fijando el límite en una cantidad de votos inferior al cincuenta más uno toda vez que sea la más alta, lo que bien puede beneficiar a Nuevas Ideas por la división del voto opositor, como a cualquier otro partido de cambiar la coyuntura. Luego, Bukele renuncia a dos años de mandato y da un salto de fe hacia elecciones anticipadas.

No es tan ciego el salto. Recordemos aquel 84.6% que le trajo su actual presidencia. Hay fe, ciertamente, de que Nuevas Ideas podrá ganar, acaso por ser la única opción coherente de cara a una oposición esencialmente neutralizada.

No deja de ser, sin embargo, una apuesta: muchas cosas pueden cambiar en dos años y ni siquiera sabemos si Bukele será el candidato del oficialismo, teniendo en cuenta su propia reticencia durante y posterior a la campaña de 2024.

Aunque no se debe descartar; no hay que ser ilusos.

La paradoja del Poder

Los pronósticos de fraude electoral son aventureros y muy prematuros, a mi ver. No es en balde que dos de los cinco magistrados del Tribunal Superior Electoral (TSE) fueron recomendados por el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) y Alianza Republicana por la República (ARENA), el histórico bipartidismo en el que Bukele irrumpió, para el periodo 2024-2029.

Un fraude sería un tropiezo impropio de una estrategia hasta la fecha elegante, mejor servida por la reorganización territorial de 2023 y las reformas presentes al mínimo de votos requeridos, dando a Nuevas Ideas un camino menos riesgoso a su legitimidad.

A todas luces hay plena confianza en un triunfo. De otro modo no se entiende el adelanto del proceso electoral. Bukele luce cómodo con la posición que ha creado para su partido y no tendría sentido dilapidarla con tal de asegurar lo que ya está asegurado por otros medios.

Pero, nuevamente, no siendo ilusos, hemos de reconocer que el poder tiene el imperativo de expandirse. Bukele ha utilizado el poder férreo, que por seguro ha gestado los imperativos propios de una gobernanza, como mínimo, decente, para afianzarlo más todavía.

Fue tanto por motivaciones ideológicas como ambición que el flagelo de las pandillas fue aplacado del modo en que se hizo. Logró así Bukele alinear de un golpe el interés de la población con el de su propia estructura de poder, comunicando el hecho efectivamente además.

Citando al siempre puntual Bertrand de Jouvenel:

El poder toma forma, se enraíza en las costumbres y creencias, desarrolla su aparato y multiplica sus medios porque sabe aprovecharse de las circunstancias. Pero sólo puede aprovecharse de ellas en cuanto sirve a la sociedad. Persigue siempre su propia autoridad, pero el camino de ésta pasa siempre por los servicios que rinde.

Cuando un silvicultor limpia la maleza para facilitar el crecimiento de los árboles; cuando un horticultor da la caza a los caracoles; cuando pone las plantas jóvenes al abrigo del frío, o las coloca al dulce calor de un invernadero, no suponemos que lo hacen por amor al reino vegetal. Es cierto que lo aman más de lo que se puede imaginar fríamente. Pero este amor no es el móvil lógico de sus cuidados; sólo es su necesario acompañamiento. La pura razón exigiría que se comportara como lo hace incluso sin afecto. Pero la naturaleza humana hace que el afecto se caliente en los mismos cuidados que dispensa.

Es lo que ocurre con el Poder. El mando que es su propio fin acaba cuidando del bien común. Los mismos déspotas que nos dejaron en las Pirámides el testimonio de su monstruoso egoísmo regularon también el curso del Nilo y fertilizaron las tierras de los campesinos egipcios.2

De tal forma se gesta un aprecio mutuo entre gobernante y gobernado, no negando en ninguna parte el principio de ambición y expansión del poder, que en muchos casos rompe este equilibrio y desata los abusos propios de la tiranía.

Y hablando del poder en crecimiento, y de un modo muy relevante a esta discusión:

Sé todo lo que los hombres esperan de él y de qué manera su confianza en el Poder que vendrá se caldea con los sufrimientos infligidos por el Poder que desaparece. Se desea apasionadamente una seguridad social. Los dirigentes o quienes aspiran a serlo no dudan de que la ciencia los ayuda a formar las mentes y los cuerpos, adaptando cada individuo a un alvéolo social hecho para él, y de que por medio de la interdependencia de servicios, aseguran la felicidad de todos. Es una tentativa que no deja de tener cierta grandeza, es el coronamiento de la Historia del Occidente.3

Pero es innegable que se trata de un proceso fundamentalmente democrático, si entendemos democracia por «el poder del pueblo» o «el empoderamiento del pueblo», y por consiguiente también «el bienestar del pueblo»; y no por «las protecciones que el pueblo tiene contra los coqueteos del caudillo y/o la camarilla», que es lo que hoy se entiende por democracia en el habla popular y, también, en algún que otro contexto académico.

De ahí que el polémico Curtis Yarvin4 señalase la hipocresía flagrante en la denuncia de la politización acompañada de los vítores a la democratización, siendo en esencia democracia y política sinónimos en sociedades modernas.

¿Cuál democracia, qué república?

Y es que los que tanto han gritado «dictador» ante una de las administraciones más populares en la Historia de la América toda no parecen ubicar la ironía ni comprender lo más mínimo de las formas de gobierno.

Se rehúsan a reconocer el carácter democrático de muchos caudillajes hispanoamericanos, por mucho que, como es el caso del bukelismo, se enmarquen estos abierta y honestamente en una lógica de tuétano populista, porque se niegan a entender al populismo como la conclusión lógica de toda democracia.

Escriben apologías, cuando no elogios, a un ideal republicano tan deformado y esclerótico que ha impedido la función fundamental, la razón de ser de toda república: la defensa de la cosa pública ante la depredación externa —la injerencia, el pillaje, la guerra— e interna —el desorden, la delincuencia, la corrupción—, y luego se preguntan por qué escoge este y otro pueblo una cosa por sobre la otra.

Es cierto que Bukele ha desmantelado la precaria institucionalidad que existía en El Salvador. Pero fue precisamente porque dicha institucionalidad fue precaria y falló en entregar resultados, y jamás se vislumbró que la situación fuese a cambiar, de modo que lo lógico era encontrar otro curso.

Entregada al principio democrático, la nación salvadoreña, con las herramientas que tenía a la mano, decidió otorgar un mandato sin precedentes, un voto de confianza, y lo ha renovado siempre que se le presentó la oportunidad.

En otras palabras: la fusta del caudillo estaba tirada en el piso. Bukele sólo la tomó cuando nadie más lo quiso o lo pudo hacer.

El problema que encarará Nuevas Ideas y Bukele como líder surgirá cuando ese principio democrático choque con las realidades de blandir un poder semejante. Cuando los vientos cambien y el ímpetu decrezca.

Es concebible que una política dedicada al bien común, fuese por el trabajo de los periodistas o por la incapacidad del gobierno de comunicar sus fines efectivamente, o bien porque el inmediato sacrificio es demasiado para una mayoría, haga tambalear la estructura que, por democrática, sigue estando siempre en juego.

Y es cuando el poder se ve amenazado que tiende a actuar de forma irracional, rompiendo la sinergia, los aprecios concatenados de los que hablaba de Jouvenel. En todo caso, el pecado original del régimen de Bukele es que sigue fundado en algo tan fluctuante e inmisericorde como la opinión popular, propicia la estructura a toda clase de inestabilidades y mórbidas dolencias.

En otras palabras, el caudillo ilustrado bebe su propio kool-aid. Pero difícilmente puede culpársele. Es este el espíritu de nuestro tiempo que, cuando parece moribundo, lo encontramos en lugares insospechados y más vivo que nunca. 

Notas y referencias

  1. Previo a la reforma, la Constitución salvadoreña castigaba, vía el artículo 75, con la pérdida de los derechos ciudadanos a quienes:

suscriban actas, proclamas o adhesiones para promover o apoyar la reelección o la continuación del Presidente de la República, o empleen medios directos encaminados a ese fin;

  1. de Jouvenel, Bertrand (1948). Sobre el Poder: Historia natural de su crecimiento. Unión Editorial, 2008. p. 102
  2. Ibid. 35
  3. Moldbug, M. (2016). Coda. Unqualified Reservations.

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